La compañía de los santos

Se trata de una ayuda que se nos regala a todos los cristianos, como ya recordaba el primer catecismo de la Iglesia: «cada mañana te acercarás al rostro de los santos y encontrarás consuelo en sus palabras» (Didaché, 4). Es el hermano por antonomasia, pero su fraternidad se deriva fontalmente de la experiencia filial cuando descubrió que Dios era el verdadero Padre de todos y de todo. Él vivió tres filiaciones que hacen de su biografía un precioso testimonio de la santidad cristiana para siempre: acertó a vivir todo como hijo de Dios, siendo hijo también de la Iglesia, y sin renunciar a serlo como hijo de su tiempo. Ahí se inscribe su ejemplaridad que nos permite reconocer en él la ayuda para el camino al que cada cual ha sido llamado.
Pero en esta memoria tenemos una cierta dificultad porque, sobre san Francisco, son tantos los que toman su nombre… si no en vano, sí al menos en otros muchos sentidos a como lo toma Dios y como lo reconoce la Iglesia, que bien podríamos decir que se nos complica el discurso, porque ni siquiera decir un inocente «vamos a

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