Cartas Junio 2026

El lugar del que nace la gratuidad

«Partimos de que el interés por los demás es una exigencia propia de nuestra naturaleza. Lo sabemos porque cuando experimentamos algo hermoso, nos sentimos empujados a comunicarlo a los demás; cuando vemos a otros que están peor que nosotros, nos sentimos empujados a ayudarles con algo nuestro. […] Vamos a “la caritativa” para satisfacer esta exigencia. Cuanto más vivimos esta exigencia y este deber, más nos realizamos a nosotros mismos. Al entregarnos a los demás, experimentamos que nos vamos completando. Tanto es así que, si no logramos darnos, nos sentimos disminuidos. Interesarnos por los demás y entregarnos a ellos nos permite cumplir el deber supremo de la vida –más aún, el único–, que es realizarnos a nosotros mismos, que nuestra vida se cumpla». Con este texto de Giussani sobre El sentido de la caritativa me he peleado varias veces porque me parecía egoísta como punto de partida para acercarse al necesitado, pero se ha encarnado recientemente gracias a una nueva amiga.
Me pidieron si podía acompañar a una madre soltera que, por encontrarse en una situación compleja y con pocos recursos sociales, estaba en el punto de mira de los servicios sociales. Yo dije que sí con ganas de aprovechar mi tiempo libre y de ayudar, a pesar de que no siempre me he visto dispuesta a hacerlo por una verdadera gratuidad. Una mañana que había quedado con ella tuve un imprevisto que me retrasaba y le dije: «Solo podría estar una hora, ¿crees que vale la pena que vaya?». Confiaba en que me dijera que no pues para llegar hasta su casa tenía una hora de trayecto de ida y otra hora de vuelta. Ella me dijo que por supuesto que sí y yo empecé a engreírme por mi sacrificio.
Fue conmovedor darme cuenta al llegar de que, más aún que una ayuda material –que también requería–, ella quería compartir conmigo la sagrada inquietud por el bien y el destino de su hija. Totalmente ajena a mi propia historia, que guarda ciertas similitudes con la suya, me dijo: «Mi hija de cuatro años empieza a preguntarme por su padre, que nunca la ha reconocido como suya ni se ha hecho responsable. Me doy cuenta de que yo no puedo ejercer el rol de padre y me pregunto cómo le afectará». Yo intenté transmitirle paz y, con más certeza de la que imaginaba tener, le dije –en virtud de mi propia experiencia– que, aunque su hija tiene y tendrá carencias que ella no podrá ahorrarle, es y será un gran bien y una ayuda la presencia de una madre que la quiere incondicionalmente. Y no solo eso: la comunidad que está conociendo gracias a la amiga que nos presentó puede ser también un lugar para ellas, como lo fue para mí cuando mi hermano encontró el movimiento.
La hora en casa de esta mujer fue productiva. Pero, sobre todo, fue una ayuda para mí, para hacer memoria de mi historia, reconocer la esperanza que encierra y recuperar la gratitud que merece. De la gratitud sí me nace una verdadera gratuidad, nunca de otro modo. La invité a que el domingo de Resurrección viniese con su hija a La Masía, la casa de campo donde la comunidad de Sant Hipólit comparte el tiempo libre, y casa de acogida. Lugar donde Ferrán invitó a mi hermano mayor, lugar donde mi madre tuvo el encuentro que nos cambió la vida.
La fatiga de ir a recogerlas, de ir a buscar la sillita del coche para la peque, de llevarlas con sus pajaritos que por ser muy pequeños no querían dejar en casa… La fatiga casi eclipsa la alegría de poder compartir con ellas un lugar donde mi familia ha experimentado la Resurrección que celebramos en la Pascua. Sin embargo, precisamente por la fatiga, se nos ha regalado reconocer y hacer memoria de que lo que sucedió hace 18 años vuelve a suceder hoy. Una madre soltera con su hija pequeña (ella tiene cuatro años, yo tenía seis en su momento) son acogidas con total gratuidad, con pájaros incluidos (¡en cierto momento mi madre y yo tuvimos jilgueros que llevamos a la Masía para dejar libres en la naturaleza!), por una comunidad que anuncia que Cristo ha resucitado y nos cambia la vida.
Iris, Barcelona

El método funciona, ¡lo he visto!

El primer fin de semana de mayo nos tocó vivir los ejercicios espirituales en Perú. Fue un verdadero regalo. Pura gracia. Como cada año, desde el año 2023 en que descubrí el carisma y conocí a don Giussani y a Andrés Aziani, a través de los textos de la escuela de comunidad, de los encuentros y de la vivencia en cada signo, salí de los ejercicios con el “título” de los mismos dando vueltas a mi corazón: Y tú, Jessica, ¿quién dices que soy yo?
Pero el lunes llegó muy rápido y pensé que tal vez, esta vez, esta pregunta, dormiría hasta el fin de semana por lo menos porque no habría tiempo para atenderla por el trabajo. ¡Vaya que Jesús nos sorprende!… cuando tienes fe, aunque no te des cuenta, y donde menos lo esperas. En medio del proceso electoral que estamos viviendo en el Perú, imbuidos en una situación “irregular”, queríamos ayudarnos a discernir porque no podemos quedarnos de lado. Y nos invitamos a revisar algunas lecturas de don Gius, entre ellas El yo, el poder, las obras. Me quedé pensando en una sola frase: «El único modo de que el poder no se extralimite es la vigilancia del pueblo». Yo trabajo para el Estado y esa frase respondió de pronto a muchas de mis preguntas laborales. Tal cual. Me volví a sorprender descubriendo que estos libros parece que tienen vida, ¡es como si los hubieran escrito para mí!
Cuál no fue mi sorpresa cuando al día siguiente, en la oficina, conversando con dos compañeras que no son del movimiento, hablando del poder e intentando encontrar soluciones a problemas del Estado, les leí esa frase. Es más; les leí todo el párrafo anterior. Esto nos llevó a una conversación de casi una hora, con ejemplos reales y con ideas nuevas para plantear soluciones viables. ¡No podía creerlo!
Un texto del movimiento se había convertido en vida de la vida real. Me dije: ¡funciona! El método, que aún no sé cómo describirlo pero creo que se vive así, ¡funciona! Y es que es Jesús quien se hace presente, como le dijo a Nicodemo (Jn 3,8).
Jessica, San Isidro (Lima, Perú)

«Nos tienes que traer»

Estos días hemos celebrado las confirmaciones de los adultos en nuestra parroquia. He tenido el grandísimo regalo de ser madrina de un chico, podemos llamarle Jonathan, que conoció al párroco anterior hace unos 10 años porque hizo el responso de su hermana, a la que llamaré Beatriz, que murió con 12 años.
Por una serie de “infortunios” en el último año, se acordó de que le dijo que si en alguna ocasión tenía necesidad, aunque solo fuese de hablar, acudiera a la parroquia. Y así hizo. Se acercó buscando a aquel párroco y se encontró con otro de los sacerdotes de la parroquia, que también le acompañó en aquella ocasión, y a raíz de la conversación con él empezó a frecuentar la iglesia.
En las últimas semanas me pidió ser su madrina y me contó su historia. Había decidido no decir nada en casa porque le parecía muy hipócrita haber ido en contra de los cristianos y ahora ser uno de ellos. Tras nuestras conversaciones, y con la oración de mi madre y mis amigos más cercanos, Jonathan hizo partícipes a sus padres de este gran paso la noche anterior y cuando los conocí, después de la ceremonia, estaban radiantes, muy contentos. A la madre le brillaban los ojos y no dejaba de sonreír y de dar las gracias, hasta el punto de mirar a su hijo y decirle: «nos tienes que traer aquí». Fue un momento inolvidable.
Hace diez años se sembró una semilla y ahora nos encontramos con el primer brote.
Ana, Fuenlabrada (Madrid)

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