Qué te impulsó a dejar tu vida establecida en Moscú para mudarte a Kharkiv?
Para mí, “comunidad” significa compartir la vida, no solo ser un visitante. Aunque tenía un trabajo maravilloso en Rusia y era muy feliz, sentí que era necesario estar físicamente allí cuando la comunidad ucraniana empezó a desear una casa de Memores Domini. Me mudé en 2016, cuando el levantamiento del Maidán ya había ocurrido y la propaganda rusa empezaba a convertirse en guerra abierta en Crimea y el Donbás. Kharkiv, una ciudad rusoparlante a solo media hora de la frontera, se convirtió en mi hogar. Allí descubrí un pueblo que, a diferencia de Rusia, estaba haciendo un esfuerzo consciente por emerger de su pasado postsoviético y educarse para la democracia.
En ese contexto fundaste la Asociación “Emaús”. ¿Cómo nació este proyecto?
“Emaús” empezó como una obra de caridad muy sencilla dentro de la comunidad local. Conocimos a Vasilij Sidin, un hombre que yo considero un santo; él había creado un teatro para niños de la calle y niñas con discapacidad. Él nos alertó de una tragedia invisible: al cumplir los 18 años, estos jóvenes debían abandonar los orfanatos





