Cada cuatro años sucede algo difícil de explicar. Millones de personas con ideas políticas, credos, historias personales, condiciones económicas, lenguas e incluso nacionalidades distintas descubren, durante unas semanas que comparten un mismo deseo: ver triunfar a su selección. Ese anhelo común en el caso de México (uno de los tres países sede del mundial), ha despertado gestos espontáneos de hospitalidad, colaboración y encuentro. Los mexicanos queremos que los visitantes disfruten nuestro país, se sientan en casa y gocen de nuestra fiesta.
Quizá uno de los momentos más significativos es cuando se canta el himno nacional al unísono. Durante unos minutos desaparecen las diferencias, dando lugar a la conciencia de pertenencia a una misma nación. Ciertamente el fútbol no resuelve la pobreza, la violencia ni la desigualdad; tampoco sustituye





