El 23 de febrero fui al monasterio trapense Nuestra Señora de Quilvo, 180 km al sur de Santiago de Chile. Allí iban a estar durante una semana algunos sacerdotes de la Fraternidad San Carlos Borromeo con un grupo de bachilleres de su parroquia. Su idea era rezar, trabajar, jugar… y trabajar cada día un poco de Mi historia, el relato de Marcos Pou de su propia vida. Me invitaron con ellos para contarles más cosas sobre la vida de este joven que les podía resultar lejanísimo (más de 10.000 km separan Chile de España). Empleando fotos y vídeos, les conté muchas anécdotas sobre este chico a cuya vida se estaban acercando.
Menudas risas al ver un vídeo de Marcos jugando al ping-pong haciendo el idiota con su amigo Jordi, o cuando les puse ejemplos de lo pesado que podía llegar a ser (para bien y para mal). Estaban muy sorprendidos: realmente, era un chico muy normal. Estaban extraordinariamente sorprendidos: ¿cómo podía un chico tan normal vivir de una forma tan extraordinaria? Les impresionaba su intensidad de vida, su pasión por lo que hacía o la forma de vivir el afecto y las amistades. Y a mí me conmovía que la fe de mi amigo Marcos pudiera ayudar a unos jóvenes de la otra parte del mundo, algo que él deseaba cada vez más: que todos conocieran a Cristo. Como dijo a los universitarios de CL en Barcelona cuando terminó la universidad: «Mi única preocupación ha sido testimoniar a Cristo, lo oportuno que es para la vida, lo buena y real que es su Presencia» (No hay amor más grande, Alfonso Calavia, Ed. Encuentro, p. 168).
Me alegra enormemente que otros puedan hacer la misma experiencia que yo tuve. Yo sabía lo normal que era





