Si tuviera que elegir una imagen capaz de resumir el significado profundo de la visita apostólica del papa León XIV a España, probablemente no sería la solemnidad de sus discursos pronunciados en el Palacio Real o en el Congreso de los Diputados ni en la majestuosidad de las catedrales, o el silencio conmovedor de las misas y vigilias. Sería un muelle. El puerto de Arguineguín, en Gran Canaria. Allí donde Europa deja de ser una abstracción jurídica y se convierte en rostros concretos. Rostros agotados por la travesía atlántica. Rostros de madres que cargan con sus hijos. Rostros de adolescentes que han atravesado el desierto antes de embarcarse hacia lo desconocido. Rostros que obligan a abandonar el cómodo territorio de las estadísticas.
La inmigración constituye uno de los grandes desafíos políticos y morales de nuestro tiempo. Las sociedades tienen el derecho y el deber de regular sus fronteras, garantizar la seguridad y ordenar los flujos migratorios; negarlo sería irresponsable. Pero existe otra verdad igualmente irrenunciable. Antes que inmigrantes, refugiados o extranjeros, estamos hablando de personas. Y precisamente ahí quiso situarse el Papa. No ofreciendo soluciones técnicas –que corresponden legítimamente a los responsables políticos– sino recordando el fundamento ético sin el cual toda respuesta corre el riesgo de





