Todos sabemos que la situación de las nuevas generaciones es dramática y que los jóvenes viven y manifiestan una fragilidad humana que provoca crisis y problemas de todo tipo. Las causas de este fenómeno son múltiples y constituyen el objeto de análisis y discusiones interminables. Esta situación afecta a la juventud a nivel mundial, aunque con características y matices diferentes en cada continente y país. Esto se debe a la globalización de un determinado estilo de vida y de una cierta mentalidad difundida a través de la sociedad de consumo y de los medios de comunicación.
Existe un punto neurálgico que constituye el eje fundamental de la sociedad: las relaciones intergeneracionales y, como aspecto esencial de dichas relaciones, la tarea educativa que el mundo adulto tiene con respecto a los jóvenes. Dicho con toda claridad: la grave crisis que sufren las nuevas generaciones es el indicio de una carencia aún más grave que afecta a los adultos. Ya sea la familia, la escuela u otras instancias educativas e incluso la Iglesia, todos estos sujetos cargan con el peso y la responsabilidad de la situación en la que se encuentran los jóvenes.
Se pueden decir mil cosas acerca de esta crisis, pero en este artículo quiero limitarme a destacar solo algunos puntos esenciales y a presentar un trabajo que un grupo de educadores ha comenzado a realizar.
La conciencia de la responsabilidad del mundo adulto en la crisis y de la centralidad de la figura del educador




