Shalom. Con esta palabra comenzaba monseñor Luis Argüello el acto “Profecías para la Paz” del Happening 2026. Es un regalo incalculable, en primer lugar, que una figura de máxima autoridad en la Iglesia española como él, presidente de la Conferencia Episcopal Española, acceda a sentarse en una mesa con Juan Perlado, estudiante de Ciencias Políticas y Economía, y brinde a los universitarios la oportunidad de tan rico coloquio sobre la paz, y más en este momento.
Justamente por su autoridad y paternidad apostólica, no es casualidad que comenzara con un saludo de paz, tan pertinente y necesario en la realidad que vivimos. Esta expresión hebrea, Shalom, que puede parecer un simple saludo para romper el hielo, encierra en sí misma un significado mucho más profundo. Saluda con la paz, sí, pero una paz que, por la propia etimología de la palabra, está relacionada con la plenitud.
Es precisamente de esta manera, como Argüello trazó el concepto de paz a partir de su primera palabra: un don que tiene que ver con la plenitud de cada uno de nosotros. Cuando la paz es definida únicamente con afirmaciones negativas como «la ausencia de conflicto» o «la ausencia de guerra», estas parecen incompletas, como si estuvieran lejos de colmar lo más profundo de nuestro ser. El verdadero problema que amenaza la paz, según explicó, tiene que ver con una herida original, concretamente con una falta de paz interior que se refleja en las luchas entre «tú» y «yo».
Recordemos el Evangelio: tres días después de la muerte de Cristo, se encontraban los discípulos en una casa con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Entonces Jesús entró y les dijo: «Paz a vosotros», y ellos se llenaron de alegría. De ahí viene que la paz sea un don, es el saludo del Resucitado que, en palabras




