«La vida salió a mi encuentro»

GRECCIO

Es digno de perenne memoria y devota celebración lo que el santo realizó tres años antes de su muerte gloriosa, en Greccio, el día del nacimiento del Señor. Había en aquella zona un hombre llamado Giovanni, de buena fama y vida aún mejor, y era muy querido por el beato Francisco […]. Unas dos semanas antes de la fiesta de la Natividad, el beato Francisco […] le dijo: «Si queréis que celebremos el nacimiento de Jesús en Greccio, adelantaos y preparad lo que os digo: quisiera representar al Niño nacido en Belén, y de alguna manera ver con mis ojos físicos las penurias que atravesó…». En cuanto lo escuchó, el fiel y piadoso amigo se fue prontamente a preparar todo lo necesario en el lugar señalado.

(Fuentes franciscanas, cap. XXX)

«La fe es una experiencia donde las matemáticas nunca cuadran. Tú eres igual a cero pero hay Uno que cada día te lo da todo». Sor Federica Tarsi, 31 años, pertenece a las hermanas franciscanas misioneras de Asís, uno de los numerosos institutos religiosos femeninos inspirados por san Francisco que surgió después del siglo XVII como alternativa a la regla contemplativa de las clarisas para las mujeres que querían tener una vida franciscana activa. Sor Federica pronunció sus votos temporales hace tres años y su cara expresa mejor que las palabras un asombro innato por la vida que ha encontrado y que ni se imaginaba. Cuando estudiaba Derecho en la Universidad de Urbino conoció a un grupo de estudiantes que compartía varios momentos al año con la comunidad de frailes que había en la ciudad.

Empecemos por el principio, ¿cómo los conociste?
Llegué a Urbino deseosa de conocer a alguien con quien caminar. Y me encontré con estos chicos que quedaban después de clase para ir a misa. Luego estudiaban juntos o quedaban a cenar. Me invitaron a un encuentro con los franciscanos y a partir de ahí ya no me separé porque sentía que ese lugar me hacía vivir la belleza que buscaba. Pero no sé si habría llegado a decir “sí” si antes no hubiera tenido otro encuentro…

¿Cuál?
En el instituto ya tenía una gran inquietud y un montón de preguntas. Buscaba un sitio donde hacer voluntariado y el día de la recogida de alimentos, en la puerta de un supermercado, un hombre me invitó a participar, me dio una bolsa y me contó lo que estaban haciendo y quiénes eran. Luego me preguntó por mí y le hablé de mi deseo de hacer algo por los demás. Nos dimos el contacto y unas semanas después conocí a un amigo suyo que era el responsable de los bachilleres de la zona y me invitó a ir a una residencia de ancianos. Cuando fui, me chirrió un poco que se pusieran a rezar antes de empezar, me costaba un poco porque desde la confirmación no había vuelto a pisar la iglesia. Pero me quedé por dos motivos, que como me ha pasado siempre en la vida, coincidían

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