PORCIÚNCULA
Estaba una vez san Francisco en oración en el convento de la Porciúncula y vio, por divina revelación, todo el convento rodeado y asediado por los demonios como por un grande ejército; pero ninguno de ellos lograba entrar en el convento, porque todos aquellos hermanos eran de tanta santidad que los demonios no hallaban por dónde penetrar.
(Florecillas de san Francisco, cap. XXIII)
«Estoy yendo a recoger a Pierbattista». Cuando fray Francesco Piloni nos responde va al volante, rumbo al aeropuerto de Roma. Se refiere a Pierbattista Pizzaballa, patriarca latino de Jerusalén, hermano y gran amigo suyo. «Tengo que acordarme de llamarle Su Beatitud en las entrevistas», se le escapa. Piloni tiene 56 años y es franciscano desde 1995. Durante más de veinte años fue el encargado de la pastoral vocacional franciscana y desde 2020 es ministro de la Provincia de los Hermanos Menores en Umbría y Cerdeña. También es miembro del comité nacional para la celebración del octavo centenario de la muerte del santo.
San Francisco ya era una superestrella antes de este aniversario. Le han definido como profeta, poeta, pacifista y de mil maneras más. Pero ¿quién es realmente para el mundo de hoy el poverello de Asís?
Un hombre que cuida su relación con Dios. Sabe que si su existencia prescindiera de la acción del Padre sería como una casa cerrada y maloliente. El centro siempre es el Señor, en él encuentra su alegría. Se ve muy bien al final de su vida, cuando sufre por las habladurías y el dolor por las disputas entre hermanos. Sube al monte de la Verna, donde recibe los estigmas y cuando baja es un hombre profundamente pacificado, en armonía consigo mismo. Pocos meses después escribe el Cántico de las criaturas. «Altísimo y omnipotente buen Señor», el Padre en el centro, no hay otra manera posible. Francisco también es un hombre que afronta con coraje sus luchas y al




