El misterio espléndido de nuestra comunión
Del 5 al 7 de junio de este año nos reunimos en la asamblea nacional de responsables del Movimiento junto con Mons. Paccosi, en Oaxaca.
Cuando pude contemplarnos a todos reunidos en el gesto de la Misa, mi corazón se estremeció de alegría y gratitud por el simple hecho de estar allí, hechos Uno, antes de cualquier palabra o actividad. El Señor me concedió (y esta no es una frase hecha) una mirada fija en lo esencial, llena de asombro por la obra que Él ha realizado en nosotros: el Hecho de nuestra comunión.
Conocer a muchas de las personas presentes añadió una dimensión afectiva a esa mirada, pero este es un elemento derivado, fruto de una conciencia centrada en el milagro de ser una sola cosa en Él. Los encuentros vividos durante los días de la Asamblea desarrollaron, de una manera u otra, la dinámica de este Hecho y, en mí, aumentaron la conciencia de nuestra dependencia recíproca, convenciéndome aún más de que toda la novedad, toda nuestra fuerza y toda nuestra fecundidad para el mundo son proporcionales a cómo cada uno se concibe como un nosotros.
Subrayo esto también porque me doy cuenta de que nuestra debilidad, la fragilidad del impulso misionero y la incertidumbre en la tarea de hacernos presentes en las diversas circunstancias dependen únicamente de la debilidad de nuestra autoconciencia. Seguimos todavía envueltos en la red del individualismo, como si la comunidad fuera una serie de gestos y actividades que realizamos juntos, pero no el rostro verdadero y concreto de cada uno.
Un amigo habló de “fragmentación” refiriéndose a su comunidad: me parece que esto significa que la comunidad todavía no es vivida ni percibida como una dimensión esencial del propio yo. La llamada a la unidad de estos últimos años es percibida a veces como una exhortación al orden, a una disciplina que mortifica la iniciativa personal o incluso como una invitación a una obediencia gregaria a la autoridad, a un seguimiento algo pasivo que no arriesga nada.
Y hay quienes, en nombre de la libertad, toman iniciativas, pero a menudo como expresión de una supuesta genialidad propia o de una mayor madurez en la fe. La llamada al juicio comunitario, repito, es percibida como un freno, como una vuelta al orden establecido y no como una invitación al valor fundamental de nuestra experiencia: que la verdadera génesis de todo gesto e iniciativa, de nuestra presencia en el mundo, consiste en esta dinámica de comunión, vivida en el sacrificio liberador de una escucha recíproca, de una dialéctica fatigosa pero constructiva, de una búsqueda común de lo que es verdadero, oportuno y conforme a nuestra historia.
Comprendo, en cambio, que toda nuestra riqueza consiste en profundizar, paso a paso, en el misterio de comunión que somos, viviéndolo y desarrollándolo en una dinámica de ayuda, de confrontación y de corrección recíproca, porque solo así acontece la novedad de Cristo en el mundo.
Dios es comunión; el nombre de nuestro Movimiento lo recuerda claramente. Debemos pedir que aquello que vivimos cambie nuestra conciencia, toque el individualismo que todavía anida en nosotros, para que la “bomba” que somos pueda “estallar” con toda su fuerza de irradiación salvadora.
Daniele Semprini, (México)
Cuando la realidad nos asalta
Salir de la ciudad de Buenos Aires un viernes a la tarde es una verdadera prueba a la paciencia. Así que cuatro de casa salimos con tiempo para poder estar un rato antes de que comenzaran los Ejercicios de la Fraternidad.
El embotellamiento era peor de lo que esperábamos y nos entregamos a seguir un atajo que nos indicaba el Google Maps. El paisaje cambió de repente y nos vimos obligadas a ralentizar la marcha en medio de una villa. Igual que en los noticieros y en las películas, cinco jóvenes encapuchados y con armas nos asaltaron. Nos apuntaron, nos abrieron las puertas, quitaron la llave del auto, algunas pertenencias, plata, y se fueron corriendo. Poco después, recuperamos la llave.
Pasan cosas raras en la propia mente cuando la realidad nos “asalta”. Por mi parte, me sorprendí bastante calma, pero cuando bajé del auto al llegar al retiro, me temblaban las piernas.
El hecho, por supuesto, dio para mucho hablar, analizar y también para sentir la calidez de los amigos al llegar al lugar de destino. Pero lo que más me interesa es lo que fui descubriendo después.
La primera cosa fue que el episodio me reseteó: disolvió las varias preocupaciones intrascendentes que traía. Es cierto que no pude tomar apuntes hasta muy avanzada la introducción, pero toda yo era solamente oídos. «Solo la realidad me saca a la luz más allá de lo que yo piense», decía Prades, «la realidad es nuestra aliada sublime para desplazarnos». La realidad me había puesto en modo necesidad y escucha.
Del retiro, podría señalar muchísimas cosas. Quizás, lo más fuerte y hermoso fue el poder ver con cierta lucidez mis miserias, una por una, siendo tiernamente abrazadas en cada palabra, cada canto, cada encuentro, cada silencio. Pero lo que quisiera retener ahora es la conmoción al darme cuenta de que en cada rezo y en cada misa estaba ofreciendo mi corazón junto al de los asaltantes y al de un par de personajes que habían acudido al lugar del robo. Era tan clara su vulnerabilidad, su fragilidad, como era clara la mía cuando nos apuntaban con armas y se cruzaban por mi cabeza pensamientos tan triviales que no estaban a la altura de un “estar a punto de morir”. Iguales, ellos y yo.
La conmoción es darme cuenta de que ellos se clavaron en mi corazón y se quedaron ahí, ya son míos. Sin programarlo ni meditarlo (porque si fuera por los pensamientos, yo llegaría a lo sumo a ofrecer un interesante diagnóstico sociológico y cultural de estos pibes y a preguntarme qué se podría hacer por ellos). Pero la mirada de Cristo, sorprendida en uno, es otra cosa: abraza hasta la eternidad. Ofrecer mi corazón y el de ellos –y el de otros- en cada misa, es el gesto más realista, razonable y sorprendente que puedo cumplir. No es una cuestión ni de generosidad ni de soluciones, sino de eternidad. Y me impacta eso: Cristo tiene que ver con la eternidad de las cosas, de cada cosa así como está; no con la solución.
Lola, Buenos Aires (Argentina)





