MONTECASALE
Yendo una vez san Francisco por el territorio de Borgo San Sepolcro, al pasar por una aldea llamada Monte Casale, se le presentó un joven muy noble y delicado, que le dijo: “Padre, me gustaría mucho ser de vuestra fraternidad”. “Hijo –le respondió san Francisco–, tú eres joven, delicado y noble; se te va a hacer duro sobrellevar la pobreza y austeridad de nuestra vida”. “Padre, ¿no sois vosotros hombres como yo? –repuso él–. Lo mismo que vosotros la sobrelleváis, la podré sobrellevar también yo con la gracia de Cristo”. Agradó mucho a san Francisco esta respuesta; por lo que, bendiciéndolo, lo recibió, sin más, en la Orden y le puso por nombre hermano Ángel.
(Florecillas de san Francisco, cap. XXVI)
Hace ocho siglos, mientras la quinta cruzada azotaba el Mediterráneo oriental, un hombre atravesaba el frente desarmado. Era Francisco de Asís. No era un embajador ni un caballero. Era un fraile descalzo, movido –escribiría Tomás de Celano en su Vida Primera– por el «ardor de la caridad», dispuesto a «difundir la fe en la Trinidad con la efusión de su propia sangre». De aquel viaje desde Italia hasta Tierra Santa hay pocas fuentes históricas y fragmentadas. Se sabe que Francisco llegó a Damietta, en el delta del Nilo, corazón estratégico de la guerra. Los cruzados habían sido derrotados unos meses antes por Malik al-Kamil, sobrino de Saladino. Pero el sultán no resultó ser un fanático, sino un soberano culto que, a pesar de sus sangrientas batallas contra los cristianos, aceptó reunirse con Francisco. Qué se dijeron es algo que no se sabe pero lo cierto es que, por increíble que parezca, el poverello de Asís volverá a casa indemne. Un hecho extraordinario en una época en la que cristianos y musulmanes se llamaban mutuamente “infieles” e “inmundos”. «El diálogo entre Francisco y el Sultán fue un





