SAN DAMIÁN
San Francisco, recibida la carta del cardenal, fue primero a San Damián, donde estaba santa Clara, esposa devotísima de Cristo, con el fin de darle alguna consolación y luego proseguir a donde el cardenal lo llamaba. Pero, estando aquí, a la noche siguiente empeoró de tal manera su mal de ojos que no soportaba la luz. Como por esta razón no podía partir, le hizo santa Clara una celdita de cañizos para que pudiera reposar.
(Florecillas de san Francisco, cap. XIX)
Hay una manera fácil de acercarse a Francisco de Asís: mirarlo de lejos. A ese Francisco de las vidrieras, de las imágenes con el hábito ondeando al viento y los pajarillos alrededor, tan bondadoso. Un santo pacificado, completo. Sin embargo, si nos quedamos en esos iconos tan familiares para todos corremos el riesgo de perdernos lo esencial. Para conocerlo de verdad hay que hacer lo contrario: acercarse, bajar la voz y adentrarse en sus palabras. No tanto –o no solo– en los relatos construidos por otros sino en lo que él mismo escribió: páginas breves, a veces duras, nacidas de urgencias prácticas –alabanzas, oraciones, cartas, admoniciones, reglas, testamentos– normalmente desconocidas para la mayoría. El corpus franciscano no nace para construir una imagen, sino para responder a situaciones concretas: corregir, exhortar, custodiar una forma de vida que





