El taller de segundas oportunidades

Alisa no quería quedarse. Cuando llegó a la cooperativa era una chica “de la calle”, con delitos a sus espaldas y un trabajador social a su cargo. El trabajo en el taller le parecía imposible, “cosa de hombres”. Pero sucedió algo. Descubrió todo lo que podía hacer con sus manos, y aprendió rápido. Al principio le costaba porque había que fichar puntualmente, debía ir todos los días a trabajar mientras en casa la situación era cada vez más complicada. Pero aun así iba todas las mañanas y poco a poco fue cambiando. Aprendió incluso a sonreír. Cuando acabó su tiempo en la cooperativa encontró trabajo… y un nuevo inicio.
Como el de Malek, que llegó a Lampedusa sin sus padres cuando solo tenía 16 años, aunque ya había vivido mil vidas. Nació en un pequeño pueblo de Nigeria y recorrió el desierto hasta llegar a Argelia, donde trabajó en obras y talleres, a pesar de su edad. Soñaba con llegar a Italia, así que emprendió un nuevo viaje hacia Túnez que le empujó a la larga travesía en barca. Ingresó en una comunidad de menas (menores no acompañados) y conoció la cooperativa. Al acabar su formación se encontró con tres empresas, no una, que lo querían

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