El verdadero trabajo es lavar platos

El trabajo implica, siempre y necesariamente, un esfuerzo. Lo cual, según sea nuestro temperamento, nos espanta y nos da flojera, o bien, nos invita a superar el desafío heroicamente.

El esfuerzo que imprimimos en él nos lleva a imaginar que “merecemos” una retribución proporcional, como los colegiales que suponen que su maqueta mal hecha “merece” un 10 porque implicó muchas horas, mucho dinero y mucha ayuda de los adultos, o bien, nos frustra porque nos percatamos de que no obstante todo, el resultado será decepcionante. El trabajo tiene dentro un deseo de construir algo bello: un ímpetu que nos obliga a co-laborar, es decir, a trabajar con otros, para otros y gracias a otros, o bien nos encierra en la obsesión del poder, de la envidia y el resentimiento.

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