Edna tiene ochenta y siete años. Habla con serenidad, con una memoria que a veces va y viene, pero con una convicción profunda: su vida ha estado sostenida por una búsqueda constante de Dios, una búsqueda que encontró cauce y forma en la Fraternidad de San José (FSJ). Su testimonio no es el de una vocación fulminante ni el de una ruptura radical con el mundo, sino el de una fidelidad construida lentamente, en medio de la vida familiar, el trabajo, el dolor y la fragilidad.
Una inquietud temprana
Desde muy joven, Edna sintió una inquietud por la vida religiosa. No se trataba de una duda intelectual ni de una curiosidad pasajera, sino de una pregunta interior que la acompañaba silenciosamente. Estudió en un colegio católico y creció en un ambiente de fe sencilla, pero su contexto familiar hacía impensable cualquier ingreso a una congregación: provenía de una familia numerosa, con recursos limitados, y sabía que ese camino no estaba a su alcance.
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