Nuestro trabajo. Te está cantando el martillo

“Te está cantando el martillo / y rueda en tu honor la rueda”, canta un himno de la liturgia de las horas, de la hora sexta (el medio día), cuando todo mundo está trabajando. Con esa intención y con la intensidad de esa conciencia, quisiéramos trabajar siempre: nuestro trabajo se inserta en un horizonte de infinito. El mismo Dios es Creador y nos comparte como vocación su obra creadora: “Qué sudoroso y sencillo / te pones a medio día / Dios de esta dura porfía / de estar sin pausa creando / y verte necesitando / del hombre más cada día”.

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Hace unos años, en la carretera México-Querétaro recuerdo haber visto un espectacular que me puso triste: una enorme foto de alguien en la playa y una leyenda que más o menos decía así: “ya se acaban las vacaciones y se regresa a la triste realidad”, e invitaba a aprovechar los últimos días en algún centro vacacional. La tristeza que me dejaba no era porque se terminaran las vacaciones, sino por la afirmación de que el trabajo es algo indeseado, pesado y triste, y solo se puede escapar de él en ciertas pausas como son las vacaciones, que también son como pausas de la realidad.

¿Cómo es que un espectacular así puede existir? No existiría si quienes lo diseñan, que son expertos en publicidad, no pensaran que tendría éxito. ¿Y por qué pensarían eso de un anuncio de tal nivel de fatalidad? Por lo menos porque dicha fatalidad habría sido asumida ya de algún modo por el general de la población. Es decir, lo normal es pensar que el trabajo es un mal necesario del que no se puede escapar: si pudiéramos, no

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