Los días 30 y 31 de enero celebramos la 10ª edición de Encuentro Castellón bajo un lema que, más que un eslogan, fue un criterio de trabajo: “Sin la mirada del otro, la realidad se empobrece”. Quienes damos nuestra disponibilidad para esta iniciativa lo vivimos como una responsabilidad y, a la vez, como una promesa: si conseguíamos generar un lugar donde se produjera un encuentro con la realidad –no un consumo de ideas– el propio método del Encuentro haría su parte.
Desde el primer día entendimos que el Encuentro no podía reducirse a una sucesión de ponencias. Por eso, la exposición “La profecía de la Paz” quedó en el centro, casi como una infraestructura silenciosa. No era un añadido cultural: invitaba a detenerse, a mirar rostros, a reconocer que la paz no es un concepto, sino una relación posible.
La necesidad del otro para no quedarnos sin realidad
La noche del viernes abrió el recorrido con un diálogo con Francisco Romo a quien se le lanzó una primera pregunta: “¿Qué necesidad tengo del otro?”. La cuestión no era moralista, sino antropológica: cuando la vida se vive cada vez más en clave individual –con interpretaciones privadas, con burbujas de información, con miedo a exponerse– la realidad se vuelve frágil y, al final, se empobrece.
Francisco Romo nos ayudó a situar el problema: la modernidad ha ido introduciendo una distancia con lo real, una especie de costumbre de “no medirse” con lo que ocurre, sustituyendo la experiencia por la opinión. En ese desplazamiento, el otro pasa de ser una promesa a ser un obstáculo: alguien que complica mi agenda, cuestiona mi relato o amenaza mi seguridad. Pero si el otro se vuelve irrelevante, también lo real se vuelve irrelevante. Y entonces la conciencia se duerme. De ahí la fuerza de María Zambrano: «la conciencia deja de estar despierta sin la realidad». La frase se nos quedó clavada porque describe una experiencia común: cuando todo se filtra por





