Tonantzin Guadalupe. Motolinía y los doce pobres

Tras la caída de Tenochtitlan en 1521, Hernán Cortés impulsó la evangelización como un elemento central de su proyecto político. No obstante, durante los primeros años la presencia religiosa fue escasa y poco organizada. Los religiosos que acompañaban a Cortés eran principalmente capellanes castrenses, cuya labor se limitaba a la atención espiritual de los soldados españoles. Puede afirmarse que el primer anuncio del cristianismo a los pueblos indígenas fue improvisado y dependió en gran medida del propio Cortés, de sus hombres y de la mediación de intérpretes. En este contexto, la figura de doña Marina resultó fundamental, pues actuó inicialmente como traductora y mediadora cultural y, posteriormente, por iniciativa propia, como cristiana que comunicó los rudimentos de la fe a los indígenas.

Ante la necesidad de establecer una misión más estable en la Nueva España, Cortés solicitó al emperador Carlos V el envío de misioneros para anunciar el Evangelio. El emperador dio su aval, consintiendo que para el proyecto evangelizador fueran enviados frailes de la Orden Franciscana. Con una acertada intuición espiritual, el ministro general de la orden, fray Francisco de los Ángeles Quiñones, a solicitud del emperador y con el respaldo del Papa, decidió encomendar la evangelización de la Nueva España a doce frailes, evocando simbólicamente el número de los apóstoles con los que Cristo emprendió la conversión del mundo.

Fueron elegidos frailes descalzos procedentes del convento de Belvís de Monroy, en Cáceres, bajo la dirección de fray Martín de Valencia como superior. Estos frailes, conocidos como los doce apóstoles de México, fueron enviados a evangelizar siguiendo los principios de pobreza, humildad y fidelidad al Evangelio, inspirándose en el

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