“Si no fuese tuyo, Cristo mío, me sentiría criatura finita. Nací y siento que me disuelvo. Como, duermo, descanso, camino, me enfermo y me curo, me asaltan innumerables deseos y tormentos innumerables, gozo del sol y de cuanto fructifica en la tierra. Después muero y mi carne se convierte en polvo como la de los animales que no tienen pecado. ¿Pero qué tengo yo más que ellos? Nada, sino Dios. Si no fuera tuyo, Cristo mío, me sentiría criatura finita”.
Estas palabras del padre de la Iglesia Gregorio Nacianceno, describen muy bien la primera impresión que he tenido encontrando a Lorenzo: un joven cierto, seguro de Cristo, para quien Cristo es todo.
Y así ha sido fácil para mí reocnocer inmediatamente que donde estaba Lorenzo podía siempre encontrar el testimonio de aquello que mi corazón y mi razón estaban buscando: la presencia de Cristo, la presencia del Misterio en la trama cotidiana de la vida. Aquello que escuchaba decir de don Luigi Giussani se volvía una experiencia: Cristo es el amigo, Cristo es el compañero de la vida, Cristo es el destino mío y del mundo entero; el centro del cosmos y de la historia. Así nuestra amistad ha madurado hasta volverse compañía vocacional –camino indispensable para adherir a Cristo y pertenecer a Él para toda la vida– primero en la forma de los Memores Domini, después en la esencialidad del compartir virginal, él en el sacerdocio, y yo en los Memores Domini. La vida es vocación, la vida es misión. Es testimonio alegre, humano hasta el fondo, de la presencia de Cristo entre nosotros: comunión y liberación.
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