Mi último libro, El espíritu de la esperanza (Herder), se erige contra la reducción de la vida a supervivencia. A los críticos les ha sorprendido mucho que yo ahora me ponga a hablar de esperanza.
De hecho, siempre me han acusado de tener un pensamiento muy pesimista, pero en realidad mi pensamiento es de esperanza porque solo quien espera puede pensar, más aún, puede vivir.
Pero un pensamiento basado en la esperanza no tiene nada que ver con el optimismo. Al contrario, a diferencia de la esperanza, el optimismo carece de cualquier negatividad. No conoce ni la duda ni la desesperación. Su esencia es pura positividad. El optimista está convencido de que las cosas irán bien. Considera que el tiempo es algo cerrado, estático, privado de una evolución real. No mira al futuro como un espacio abierto lleno de posibilidades. El optimista ve el futuro como algo ya definido de antemano, como si las cosas tuvieran que seguir un guion establecido e inmutable. Sin embargo, el futuro es intrínsecamente incierto y el optimista no hace cuentas con lo inesperado ni con lo imprevisible.
El optimista nunca pone en discusión las estructuras sociales donde se insertan las cosas y que por tanto determinan su curso. Vive sujeto irremediablemente a su propio sistema social sin darse cuenta siquiera y por ello carece de capacidad crítica. Lo que hoy necesitamos no es optimismo sino una esperanza radical en algo
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