La Habana posee un encanto indiscutible. Los colores vivos de las bellísimas construcciones contrastan con ciertos signos de decadencia que son fruto de las dificultades de los últimos años. En este escenario, los niños corretean por las calles con sonrisas sinceras y saludan con la espontaneidad de quien no conoce otra forma de vivir. Juegan a la petanca con piedras y al fútbol con pelotas desgastadas. Por las mañanas cantan el himno nacional en el colegio y los maestros explican las actividades del día, lo llaman “el matutino”. En cada esquina aparecen vendedores de pan, fruta, verdura… incluso de embudos metálicos para llenar el depósito con combustible, en muchas ocasiones conseguido a duras penas. Cuando cae la noche, las trompetas y saxofones rompen el silencio. La música en directo no ha desaparecido; al contrario, resuena con más fuerza en medio de la oscuridad. Nuestro primer paseo por la ciudad consigue dejarnos en silencio.
«Cuando pase este momento de dificultad podremos hacer grandes gestos que nos permitan testimoniar más públicamente lo que nos ha sucedido», decían algunos. Sin embargo, a lo largo de estos años, la relación con varios amigos les ha ido desafiando. En cada encuentro, en cada conversación, han empezado a intuir que la fe no tiene por qué esperar “tiempos mejores” para ser vivida, que el testimonio no depende de que la realidad
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