Rodrigo Guerra López[1]
[1]* Doctor en filosofía por la Academia Internacional de Filosofía en el Principado de Liechtenstein; fundador del Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV); Profesor de la Pontificia Universidad Lateranense y de la Pontificia Universidad Gregoriana; miembro ordinario de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales y de la Pontificia Academia para la Vida; Secretario de la Pontificia Comisión para América Latina. E-mail: rodrigoguerra@mac.com
Introducción
La literatura sobre el acontecimiento guadalupano es inmensa. Tanto la investigación histórica como la reflexión teológica han sido abundantes y se incrementaron con motivo del proceso de canonización de san Juan Diego. Todos recordamos con agradecimiento las obras del Padre José Luis Guerrero, de Eduardo Chávez, de Fidel González, de Miguel León Portilla, y de tantos otros, que sin duda contribuyeron y contribuyen no sólo al esclarecimiento del controvertido tema sobre la historicidad de san Juan Diego sino a reconocer que lo sucedido en diciembre de 1531 en el cerro del Tepeyac fue un verdadero “acontecimiento”.[1]
Nuestra contribución, en este contexto, no puede ser más que modestísima. A continuación, de manera sucinta, presentamos una breve reflexión sobre algunos de los elementos que nos parece oportuno recuperar del mensaje guadalupano para la renovación de la actividad evangelizadora de la Iglesia en el continente americano. Abandonamos cualquier pretensión de exhaustividad y nos limitamos a una breve aproximación a algunos temas esenciales. No podemos aquí profundizar en la conocida narración de las apariciones de la Virgen en el Tepeyac – tal y como aparece en el Nican Mopohua – ni en las premisas histórico-culturales en torno a lo que sucedió en el Tepeyac, en diciembre de 1531. Remitimos a las obras de los autores antes mencionados, y muy especialmente al
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