Queridos hermanos y hermanas:
Dirijo mi cordial saludo a los Obispos, sacerdotes, consagrados y consagradas, y a ustedes, fieles laicos, reunidos en Puebla de los Ángeles con motivo del XVII Congreso Nacional Misionero de México. Me alegra profundamente su numerosa presencia en este importante acontecimiento, pero más aún me conmueve reconocer en ustedes la generosidad con que sostienen la obra misionera de la Iglesia a través de la oración perseverante, de los sacrificios asumidos y del apoyo espiritual y material que ofrecen. De ese modo, colaboran en la gran tarea evangelizadora de la Iglesia universal, cuyo mayor privilegio y deber es llevar a Cristo al corazón de cada persona.
A la luz de esta misión común, deseo evocar una breve parábola -un solo versículo- en la que el Señor, a través de una imagen doméstica, nos revela el modo en que su Palabra se expande en la historia: «El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa» (Mt 13,33). Esa levadura de la que Jesús habla era distinta de las levaduras secas o industriales que hoy se emplean para hornear. En aquel tiempo, se guardaban pequeños trozos de la masa de días anteriores, ya fermentada, que, al mezclarse con nueva harina y agua, hacían fermentar todo el conjunto. San Jerónimo identifica a la mujer de la parábola con la Iglesia misma, que, con paciencia, es capaz de integrar la fe en la
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