Cuando el 19 de marzo de 2003 estalló la segunda guerra del Golfo con bombardeos anglo-americanos sobre Iraq, gobernado entonces por Saddam Hussein, el único embajador «occidental» que se quedó allí fue el nuncio Fernando Filoni. Todos los demás se marcharon nada más comenzar la operación militar, cerraron sus casas y sus despachos y regresaron a sus países de origen. Él no. ¿Y las bombas? «Tranquilos, mientras las oigamos es que estamos vivos», decía al personal de la nunciatura, aterrorizado por el estruendo que se oía cada vez más cerca. Era la demostración de una presencia no solo física sino también espiritual. Cuando las potencias de este mundo se van, la Iglesia se queda. Así lo quiso Juan Pablo II, mientras tanteaba la vía de la diplomacia antigua y gloriosa de la Santa Sede. Mandó al cardenal Roger Etchegaray a hablar con Saddam y al cardenal Pio Laghi a frenar los planes de George W. Bush.
El mundo, que no quería un nuevo conflicto en Oriente Medio, ya doblegado por años de guerras, éxodos y luchas religiosas, miraba a Roma esperando que la autoridad moral del Papa lograra impedir lo que parecía inevitable. Pero no salió bien y lo que quedó de aquel intento de reconducir la crisis por los senderos de la negociación es el grito de Karol Wojtyla al término del Ángelus el 16 de marzo, cuando recordó, sin papeles, que
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