Luces encendidas

En mi casa no vivo mal, todo lo contrario. Pero siendo muy joven conocí la amistad cristiana y el testimonio de algunos que se iban a África y América Latina me enseñó que se puede amar hasta el punto de sacrificar tiempo y energía por gente desconocida. Lo más asombroso para mí era darme cuenta de que eran felices y me daba envidia. Estudiar medicina, aprender un trabajo, casarme e irme a Uganda con mi mujer son decisiones que tomé siguiendo el surco que esos amigos habían trazado, con el deseo de contribuir al bien del mundo. Ese era mi sueño de juventud, que la vida está cumpliendo gracias a Dios. Porque he aprendido que la gran empresa de la vida no es dar la vuelta al mundo sino vivir la amistad y la comunión cristiana que me sostienen.
Estuvimos diez años en Uganda. Allí nacieron tres de nuestros siete hijos. Allí aprendimos que cada uno tiene su riqueza, lo que tú tienes no lo tengo yo. Si tú te retiras, amigo, créeme, ¡será un menos para todos! La caricia de una madre a su niño o la vida de un misionero en una población que apenas le entiende, una hora de atención gratuita a un desconocido, una frase de ánimo a un compañero, tienen un valor inmenso para el cielo. Nada es inútil, ni un vaso de agua que le das a un pequeño.

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