En lengua sango, República Centroafricana se dice Be-Afrika, «corazón de África». Nomen omen, el de este país enclavado en el centro de un continente del que refleja tanto sus dificultades como sus sueños. Con una tasa de natalidad cuatro veces superior a la vieja Europa, ocupa el tercer puesto en la clasificación de países más pobres del mundo. Aunque aquí el conflicto sea algo permanente, es difícil encontrar alguna noticia en la prensa internacional. Solo en 2013, cuando vivió uno de los momentos más dramáticos de su historia, con golpe de estado, guerra civil, misión de la ONU y cientos de miles de desplazados, el mundo se dio cuenta de que existía. El país estuvo dos años paralizado, roto en dos entre las milicias de los Seleka y los anti-Balaka.
La primera, una coalición de mayoría musulmana que, después de lograr la capitulación del presidente Bozizé, aterrorizó violentamente a la población con expropiaciones y saqueos. La segunda nació como autodefensa por parte de la población no musulmana y acabó desencadenando exactamente la misma violencia. Una furia que ha provocado muertos y heridos en ambos bandos, con casas e iglesias quemadas y multitud de gente huyendo, buscando refugio en las parroquias y en las misiones.
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Sin embargo, en medio del asedio generalizado, el corazón de África volvió a latir cuando, en 2015, el papa Francisco quiso abrir precisamente allí la puerta santa con la que comenzaba el año jubilar de la misericordia. «La visita del Santo Padre, su llamamiento a dejar las armas, convirtió en una sola noche a nuestro país en la capital




