Poco se habla de la provincia más septentrional de Mozambique, que sufre la ira de una radical insurgencia yihadista desde el año 2017. Poco se habla de este conflicto, de esta guerra, que en estos casi siete años ha llegado a cronificarse y ha causado cerca de 5.000 muertos y el desplazamiento de 600.000 personas obligadas a vivir en campamentos de refugiados internos, en condiciones que en muchos casos no cubren las necesidades básicas. Poco se habla de que aproximadamente 4,8 millones de personas necesitan ayuda humanitaria, incluidos 3,4 millones de niños según datos de UNICEF.
Tampoco escuchamos en las noticias o leemos en el periódico que el año pasado volvieron a sus casas aproximadamente 16.000 de esas personas, pero la sequía de 2024 y el tifón Chido del pasado diciembre han arruinado sus hogares y sus cultivos y se han visto obligadas a desplazarse de nuevo.
CESAL llegó a Mozambique en 1999, pero no fue hasta 2018 cuando empezó a trabajar en Cabo Delgado. En noviembre de 2020, llegué para unirme al equipo y durante tres años he estado dedicada a la coordinación de los proyectos de desarrollo que se ejecutaban en esta zona. Proyectos de seguridad alimentaria muy vinculados a la agricultura y desarrollo económico local, en los que en medio del conflicto ha sido un reto mantener la convivencia pacífica entre las personas destinatarias de estos proyectos y toda la población desplazada que llegaba a los campos de refugiados ubicados en sus aldeas.
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