«“Tendrá suerte si no pierde usted el barco”. “Lo perderé”, afirmó. “Está resuelto que lo pierda”». Desde las primeras líneas de El poder y la gloria nos asalta la sensación de algo al acecho, como un sol abrasador sobre un paisaje ya reseco. Hay un destino que debe cumplirse, que grita para que lo escuchen. Y hay un hombre que, aunque haga de todo por huir de esa llamada, no puede evitar reconocer la fuerza del destino que le persigue. Ese hombre es el último sacerdote que queda con vida en el estado mexicano de Tabasco, en el marco de la feroz persecución anticatólica de los años 30. No tiene nombre en la novela, le llaman con un apelativo cargado de desprecio, el “pater whisky”. Porque es un borracho, un traidor a su ministerio, hasta el punto de que tiene una hija en el pueblo llamada Brígida.
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