La persecución contra los cristianos en el mundo es una de las principales preocupaciones de la Iglesia actual, como afirma en esta entrevista el arzobispo Paul Richard Gallagher, secretario de Relaciones con los Estados y organizaciones internacionales, el “ministro de Exteriores” de la Santa Sede.
Hablando ante la Asamblea general de la ONU el pasado mes de septiembre, decía usted que «la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión es otra piedra angular de la paz». No solo un derecho individual sino la base de la convivencia civil y las relaciones entre estados, ¿puede explicarlo mejor?
En el discurso ante la ONU quería destacar que la libertad religiosa no es un mero derecho individual, separado de la vida social, sino un fundamento esencial para la paz global. La Declaración universal de los derechos humanos de 1948 sitúa el derecho a la libertad religiosa casi como bisagra entre los derechos individuales de conciencia y los de expresión y participación, entre la persona y la sociedad. Benedicto XVI insistía en que el derecho a la libertad religiosa es el «primero de todos los derechos humanos porque expresa la realidad más fundamental de la persona». Es “piedra angular” porque está inscrita en la dignidad misma de la persona humana, creada a imagen de Dios y dotada de razón y libre voluntad. La libertad de pensamiento, conciencia y religión permite a cada individuo buscar la Verdad –que es Dios– y orientar hacia él su vida, sin condicionamientos externos. Cuando se niega esa libertad, se mina la convivencia civil, los estados se vuelven opresivos, las sociedades se rompen en divisiones ideológicas o étnicas, y las relaciones internacionales se envenenan con sospechas y conflictos. Por el contrario, respetarla promueve el diálogo interreligioso y la fraternidad, como enseña la Nostra Aetate del Concilio Vaticano II. Es una invitación a la responsabilidad compartida. Los estados deben garantizar que no se obligue a nadie a actuar contra su conciencia ni se le impida profesar su fe públicamente o en comunidad. Solo así se construye una paz auténtica, arraigada en





