La lectura del texto “La esperanza de la paz” me ha conmovido especialmente por el significado, especialmente valioso en los tiempos que corren de las dos propuestas que presenta: oración y testimonio.
Podría parecer chocante que un “científico agnóstico” –valga la etiqueta– le dé valor a una acción, en apariencia tan “sectaria”, e “inútil”, como rezar el rosario. ¿Palestina sangra y los cristianos no tienen nada mejor que hacer que pasar cuentas de marfil y recitar avemarías?
Y sin embargo, voy a romper una lanza en favor de esos rosarios. De pequeño, se rezaban en casa de mi abuela y todos los veranos, en nuestra casa de la playa, yo participaba del rito. Mis primos se impacientaban y se daban a menudo a la fuga, pero a mí me encantaba la serenidad del momento, casi siempre poco antes del crepúsculo, las voces que repetían un encantamiento lleno de hermosas palabras. Sentía también, con la intuición del niño de 10 años que percibe la vida con ojos nuevos, que aquel ritual ayudaba a un mundo mejor.
Somos testigos, estos días, de un estruendo enorme, una explosión de ruido y furia que emula metafóricamente
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