Quien más, quien menos conoce a Roald Dahl. Si no de nombre, cualquiera identifica enseguida al autor de Charlie y la fábrica de chocolate o Matilda. Lo curioso es que empezara a escribir en el frente y casi por casualidad, poco después de que Estados Unidos entrara en la Segunda Guerra Mundial. Tras combatir como piloto de las fuerzas aéreas inglesas, le destinan a la embajada británica en Washington, donde un día recibe la visita del escritor C.S. Forester, al que le habían encargado una serie de relatos para levantar los ánimos del ejército y de la población ante los últimos coletazos de la guerra. Durante la conversación, el que ya era un escritor consagrado propuso al entonces piloto que le contara por carta el relato de sus batallas de guerra, a las que él ya les daría forma literaria, pero cuál fue su sorpresa cuando leyó aquello. «¿Sabía usted que era escritor?», le dijo como respuesta.
Este verano se han publicado los Cuentos completos de Roald Dahl, un volumen considerable, de casi mil páginas, y en muchas de ellas describe con tremendo realismo y crudeza las consecuencias de la guerra en la vida de la gente, empezando por los jóvenes soldados que se lanzaban incluso entusiasmados para defender unos ideales, pero que no tardarían en convertirse en unos viejos prematuros a los que ya solo les queda esperar la muerte como un alivio que les permita por fin descansar y librarse del miedo que les atenaza. Impresiona pensar que el
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