Empecé a ir al Cottolengo siguiendo la propuesta del gesto de la caritativa que nace del movimiento de Comunión y Liberación. Iba una vez al mes, ayudaba en la cocina o en la limpieza, en lo que nos pedían a todos. Hasta que me di cuenta de que, siendo médico, era posible que necesitaran de mí otro tipo de servicio, y entonces me ofrecí. Las hermanas, que tienen como parte de su carisma no pedir, acogieron contentas mi ofrecimiento. Desde entonces, cada vez que iba con mis amigos, empezaba rezando con todos pero luego mi tarea se diversificaba y –mientras ellos ayudaban en la cocina, en los juegos o en el comedor– yo acompañaba a la monja enfermera para atender a los enfermos con mayor necesidad de cuidados médicos. Así, poco a poco, me fui convirtiendo en la neuróloga del Cottolengo, título que me enorgullece muchísimo.
En ninguno de los sitios donde he trabajado me han tratado tan bien, con tanto respeto y cariño. Y no es porque me hayan tratado mal en los otros sitios, es porque en el Cottolengo me siento realmente querida y privilegiada de poder echar una mano. Incluso tengo mis batas a medida con el bolsillo bordado por alguna enferma donde pone “Doctora Inma”.
Con el tiempo, de una u otra manera, he seguido visitando y atendiendo en el Cottolengo, últimamente desde Madrid, donde me vine a trabajar hace algunos años. Pasa el tiempo y no dejo de ir, y es que no quiero dejar de





