A medida que pasa el tiempo y que ese tiempo, gracias al encuentro que hemos tenido, se convierte en ocasión de crecimiento, de madurez, uno se va dando cuenta de que las cosas esenciales de la vida no se aprenden de una vez para siempre. Es necesario aprender siempre, porque la fe es un reconocimiento amoroso que pide ser vivido ahora. No basta lo vivido hasta ayer. Esto se percibe con mucha claridad en un gesto como la caritativa, en el que participamos para aprender a amar como Cristo ama, para aprender la gratuidad.
Un viernes al mes, algunos amigos vamos por el centro de Madrid a encontrarnos con personas que viven en la calle, vamos a ofrecerles comida, a charlar con ellos. Sobre todo, a charlar con ellos. Lo primero que llama la atención es la heterogeneidad del grupo: jóvenes trabajadores, gente de mediana edad, algún que otro heroico veterano, matrimonios, padres e hijos, memores Domini, sacerdotes, gente de CL y gente que no es de iglesia… Nos juntamos en la parroquia de San Hermenegildo, se hace la compra, se preparan los sándwiches, el café, el caldo, algo de fruta… Después de leer una parte del cuadernillo sobre El sentido de la caritativa y de rezar juntos el Ángelus, nos dividimos en tres o cuatro grupos de unas diez personas, dependiendo de cuántos seamos ese día. Cada grupo se dirige a algún lugar de los distintos sitios del centro donde sabemos que hay personas que pernoctan o que pasan allí gran parte de su tiempo: Ópera, Plaza Mayor, Tirso de Molina, Jacinto Benavente, Plaza de la Luna…
La asiduidad, obviamente, genera relaciones, hace aflorar el afecto, porque todos estamos bien hechos. Tal es el





