La IA como espejo del vacío que no puede llenar: Inteligencia artificial, fe y comunidad

Hay algo muy revelador en el hecho de que tantas personas hoy le contemos nuestras situaciones y problemas a la inteligencia artificial (IA). No porque la IA per se entienda, sino precisamente porque no entiende y, aun así, responde. Responde de inmediato, sin juzgar, sin cansarse, sin necesidad de salir de casa. Ese fenómeno no es un simple dato técnico, es más bien un síntoma particular del punto en el que nos encontramos en nuestras vidas. Y como todo síntoma, no nos habla de la herramienta, sino de nosotros mismos.

La IA ha llegado a ocupar, para muchos, el lugar de quien podría oírnos; es decir, a ocupar ese espacio en donde uno vierte las preguntas que no sabe a quién hacer, las dudas que dan vergüenza, el peso de un día ajetreado que no cabe en una conversación breve y quizás incomprendida. Y aquí habría que detenerse, porque lo que la inteligencia artificial revela con esa ocupación no es su utilidad, sino nuestras propias necesidades. Necesidades de presencia, de escucha, de sentido. Un vacío que, antes de la configuración propia de la IA, no encontraba tan

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