La diferencia no está en las circunstancias, sino en la presencia
Quisiera compartir algo que me vuelve a sorprender cada vez que vamos a la caritativa.
Vivimos en un contexto donde, si vemos la realidad de nuestro estado y de nuestro país, fácilmente aparecen palabras como: violencia, polarización, desapariciones, desconfianza… Sin embargo, cuando llegamos a la caritativa, pareciera que entramos en otro “clima”.
La pregunta que me surgió es: ¿qué es lo que hace posible esa diferencia? Porque no es que ahí no haya dolor. Al contrario. Ahí encontramos enfermedad, fragilidad, necesidad… pero no desesperanza. Y eso me hace ver cómo, en ese contexto, emerge con más fuerza la pregunta por el sentido, ese enigma que todos llevamos dentro y que muchas veces en la vida cotidiana tratamos de acallar.
Veo, por ejemplo, cómo al llegar, muchos de los adultos mayores —algunos con grandes limitaciones físicas— nos reciben con una alegría que no es superficial. Nos toman la mano, nos miran a los ojos, nos llaman por nuestro nombre… y en ese gesto sencillo, uno se siente verdaderamente esperado. O cuando compartimos la mesa: no es solo “servir comida”. Es ver cómo entre ellos mismos se cuidan, se acercan el vaso, se preguntan cómo están… Hay una atención al otro que no es forzada. Y, sobre todo, el momento de la misa. Ahí todo se vuelve evidente: el silencio, la atención, la forma en que muchos viven la comunión… uno se da cuenta que Cristo no es una idea, sino una presencia viva que acontece ahora y responde de un modo totalmente distinto a nuestra necesidad.
Entonces entendí que la diferencia no está en las circunstancias, sino en la presencia. Ahí hay una presencia en la mirada. Nos miramos distinto. No hay polarización, no hay bandos. Hay un pueblo que, con toda su fragilidad, se sabe amado.
Esto no sucede espontáneamente. Está sostenido por rostros concretos: las hermanas del Sagrado Corazón de Jesús, que acompañan con una ternura real, cotidiana; el padre Ángel, que guía y educa la fe; y nosotros mismos, que vamos siendo educados en esa misma experiencia. Entonces comprendí algo más profundo sobre la caritativa. No vamos primero a “dar”. Vamos a recibir. Recibir la mirada de Cristo que se nos vuelve a proponer ahí. Recibir una educación en la misericordia.
Porque la ley de la caridad es darse… pero eso solo es posible si antes uno ha recibido. Y esto lo veo en mí. Cada vez que voy, salgo distinta. Más consciente de mi necesidad, más sencilla, más abierta. Y también más provocada frente a la realidad. Cuando vuelvo a mi entorno —donde tantas veces domina la queja, la división o la desesperanza—, me doy cuenta de cómo fácilmente reducimos la realidad, cerrando esa pregunta profunda y quedándonos solo en la queja o en la desesperanza.
Y entonces no puedo dejar de pensar: esto que vivimos en la caritativa es una respuesta real. No es teoría. Es una experiencia concreta de fraternidad, de unidad, de paz. Y en ese sentido, me resonó mucho lo que dicen los obispos: que la esperanza cristiana se vuelve un compromiso concreto para construir la paz, sanar heridas y tender puentes. Yo eso lo veo ahí. Lo tocamos. La caritativa es un lugar donde se reconstruye el tejido humano, no desde un proyecto abstracto, sino desde una presencia que cambia la manera de mirarnos.
Esto también me hizo pensar —aunque sea brevemente— en ese ideal de una sociedad donde se puede vivir en armonía, en justicia y en paz. Y me di cuenta de que lo que vemos en pequeño en la caritativa es justamente eso: un signo de lo que podría ser la sociedad entera.
Por eso, para mí, no es solo una obra de caridad. Es una escuela que me educa a mirar al otro con simpatía, a no reducir la realidad al mal, a abrir diálogo con quien tengo enfrente y a desear —también en lo social— un mundo más justo, más humano, más en paz.
Y termino con esto: me doy cuenta de que todo depende de algo muy sencillo y muy decisivo: reconocer esa Presencia cuando acontece.
Cada vez que vamos, confirmo que no somos nosotros los que llevamos algo. Es Cristo quien nos invita, nos educa y nos cambia. Por eso salimos aprendiendo, reconociéndolo presente en los rostros concretos, especialmente en los más necesitados, porque ellos tienen una sencillez que nos ayuda a todos a volver a lo esencial.
La caritativa no es algo que hacemos: es un lugar donde Cristo nos cambia la mirada… y por eso empieza a cambiar también el mundo.
María Rosa Cantú, Monterrey
Indicios
Esta semana que leía las Cartas de Tolkien donde decía “Exige una fantástica voluntad de incredulidad suponer que Jesús nunca realmente ‘tuvo lugar’ y, más todavía, suponer que nunca dijo las cosas que de Él se han registrado”. Se me hizo evidente: Él sale a nuestro encuentro a través de la historia, de los Evangelios; Pascal, Kierkegaard, Tolkien, Giussani, a través de la ciencia, la filosofía, el arte y la teología… innumerables indicios nos dicen que es razonable creer y es absurdo no hacerlo.
Como “buscador de la verdad” uno debe estar dispuesto a dejarse provocar por los indicios, por la evidencia; no intentar ajustarla a mí, aceptarla tal cual es, como es, sabiendo que no la podré abarcar; como si quisiera entrar en contacto cercano con el USS Nimitz (CVN 68), un superportaviones de 333 metros de longitud, 102 mil toneladas, una tripulación total de arriba de 5500. ¡De entrada no puedo verlo en su totalidad! Podré ver y tocar la cabina de un F35B, uno de 90 aviones ¡qué puede transportar! Es decir, es inimaginable, pero tengo los indicios innegables. Entonces, es un hecho que aunque tenga evidencia debo entrar en contacto en comunidad, comenzando a recorrer la memoria y el anuncio que hacen de Él aquellos que ya han sido cautivados por Él. Yo quisiera vivir así, compartir esa certeza y por eso estoy aquí tratando de pescar indicios de aquel que los cautiva, que los mueve a estar juntos, a vivir así. Por eso estoy aquí.
Reconozco que entre más profunda y constante sea la convivencia, la lógica es que se desvele su presencia, que vea indicios que clarifiquen Su presencia. En esta también se profundiza esa comunión que facilita el fiarse del otro y aceptar como verdadero lo que comunica por experiencia. Darle tiempo y espacio, paciencia y humildad para evolucionar.
Finalmente, encuentro indicios en mi actuar y en las reacciones de los demás. Hace un par de semanas tuvimos unos estudiantes de Ciudad Victoria en el hospital. El proceso de búsqueda de la verdad, es en realidad el método del diagnóstico; le daba una clase de semiología, analizábamos casos increíbles de ictericia mono-ocular haciéndoles hincapié en la necesidad de partir de la realidad, de la evidencia, del paciente para lograr entender; les ponía el ejemplo de la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe. Es. Está ahí. No sabemos cómo se hizo. No sabemos quién. Sabemos que no debería estar ahí ya. Pero está. Está. Y ante la evidencia debemos adoptar una postura y actuar en consecuencia.
Esta mañana, cuando le envié un mensaje a uno de estos alumnos, me externó sus inquietudes. Él, educado en el catolicismo, al ver la importancia menor que en algunos templos se le da a María, resolvió que compartirá con los niños la forma adecuada de vivir la devoción a la Virgen María, “más que nada porque no la conocen tanto y pues para mí ella siempre fue de las más importantes para tener en la mente y corazón siempre”.
Al parecer, en esta búsqueda de verdad, de pronto uno se reconoce como portador sembrador de indicios para que otras inteligencias entrenadas o abiertas puedan intuir la existencia del Camino.
Walter, Querétaro
La vida eterna
Hace tres semanas, camino al kínder de Isabella, mi hija, que acaba de cumplir seis años, me preguntó: “Papá, ¿qué pasa cuando nos morimos? ¿Qué le pasa a mi cuerpo?”
Le dije que el cuerpo se queda en la tierra y que el alma, que es como una luz, se va al cielo.
A la mañana siguiente, otra vez camino al kínder me volvió a insistir: “Papá, pero cuando todos ya estemos muertos, o sea todos, ¿qué pasa?” Le contesté algo similar, pero no la noté convencida.
Al siguiente día, camino a su colegio, la misma pregunta, pero ya más específica: “Papá, pero, o sea, te mueres tú de viejo, luego yo de viejita, el cuerpo se queda aquí… pero ¿cómo te voy a reconocer en el cielo?”
Le dije que el alma es nuestra esencia y que sí nos vamos a poder ver y reconocer en el cielo.
“¿Y después qué va a pasar?”
Le expliqué que en el cielo no hay enfermedad, no hay frío ni calor, no vamos a pasar hambre, porque vamos a estar felices juntos con Cristo y la Virgen. Que eso se llama vida eterna.
Al cuarto día, camino al colegio, vi a Isabella extremadamente feliz, cantando y sonriendo. Le pregunté: “Hija, ¿por qué estás tan feliz?”
Me contestó: “Por la vida eterna, papi”.
Me quedé asombrado y provocado por su respuesta, por su certeza en mis palabras. Me cuestioné cuántas veces he estado yo así de feliz por la vida eterna, cuántas veces me fío de Cristo, de la compañía preferencial que me mandó a través del movimiento de CL, y me acordé del Evangelio de Jesús, cuando dice que para entrar al cielo hace falta ser como niño, así de fácil, con sencillez y fe, fiado de esta compañía humana.
Sebastián Cobo, Mérida
A mis amigos de San Carlo
Cuando me llegó mi vocación, la primera forma en la que pensé en ella fue la del sacerdocio, también porque no sabía nada de los Memores que acababan de comenzar. En ese momento me imaginé como párroco en una pequeña iglesia en la colina sobre Rímini, conviviendo con la gente sencilla del campo, y lo que más me fascinaba era poder y tener que sumergirme en la vida cotidiana de la gente, compartiendo con ellos alegrías, penas, dolores y problemas. Había un aspecto de esta vocación que me atraía y me perturbaba al mismo tiempo: el poder de ser llamado, en cualquier momento del día o de la noche, para dar los olios santos a una persona moribunda. Los bautizos y bodas forman parte de la vida cotidiana, pero la proximidad de la muerte es un momento completamente único y particular. Tener que entrar en un hogar para administrar ese Sacramento implica unirse a la situación física y espiritual de quienes están perdiendo a un ser querido, así como con la situación de la persona que está a punto de dar el paso decisivo de la existencia. Entendía que esta identificación requería despojarse por completo de uno mismo, de los sentimientos, de todo lo que un momento antes uno estaba pensando, sintiendo o preocupando. Por eso hablé de fascinación y agitación: una empresa al límite de la posibilidad humana. Siempre me molesta, hasta el punto de irritarme, darme cuenta de que un sacerdote, celebrando un funeral, puede hacerlo por un “trabajo”, limitándose a actitudes y palabras convencionales, sin una participación personal real en el hecho. Probablemente esto dependa de lo que yo quería el día del funeral de mi hermano Alberto, que murió en un accidente a los 22 años. Ese día, mi amigo don Piergiorgio fue un gran consuelo para mí y mis seres queridos.
Ahora, después de tantos años caminando en el Movimiento y en los Memores, la conciencia de lo que significa la vocación y misión de un sacerdote me resulta mucho más clara. Se puede decir que un Ministro de Cristo es constantemente llamado al auto vaciamiento del que hablé, con una disposición radical a compartir la vida de las personas que le han confiado para ser una señal de la presencia de un Otro para ellos. Un despojo que repite en la propia carne la kenosis de Jesús, hasta el punto de volverse puro y una ofrenda total a la voluntad del Padre.
Cuando veo a mis amigos en San Carlo, con quienes tengo la gracia de vivir unos meses, a menudo consultados y en los momentos más inesperados, la admiración por esta obra de misericordia me sorprende y crece. Más allá de los muchos compromisos que tienen, me llama la atención esta disposición a responder a las peticiones de las personas, obviamente sin descuidar las tareas ya establecidas. Me parece una forma preciosa de conformarse a Cristo y al apóstol San Pablo, que se hizo “todo para todos “. Y entiendo que, sin los gestos de oración de la regla que se esfuerzan por vivir tanto como sea posible, tal actitud sería imposible o se convertiría en una práctica rutinaria. Concluyo diciendo que, en esto, como en otros aspectos, estos amigos de San Carlo son un testimonio y ejemplo notable de caridad, de esa nueva humanidad en la que el Señor nos ha hecho compartidos. Al fin y al cabo, que estar totalmente presente para el otro me parece un aspecto de nuestro Carisma que coincidió con la persona del propio Giussani. Quienes tenían la gracia de poder hablar con él cara a cara, sentían la sensación distintiva de ser únicos en ese momento y de que él lo era todo para ti, como si no hubiera nadie más en el mundo, al menos mientras pudieras disfrutar de su hospitalidad humana.
Daniele Semprini, CdMx




