¿Hay alguien detrás de la voz?

Hay una tentación muy antigua que hoy vuelve con ropajes nuevos: atribuir a nuestras obras un poder casi divino y, poco después, dejarnos modelar por ellas. Antes se adoraban ídolos de piedra; hoy corremos el riesgo de rendirnos ante máquinas que hablan, responden, recomiendan, corrigen y hasta parecen consolarnos. Cambian los materiales, pero no la lógica de fondo: lo que fabricamos termina fascinándonos hasta el punto de olvidar quién es el autor y quién la criatura.
La inteligencia artificial ocupa ahora ese lugar ambiguo. Nos maravilla porque escribe con soltura, resume mejor que nosotros, ordena información a una velocidad asombrosa y produce la impresión de comprender casi cualquier asunto. Pero precisamente ahí empieza el problema. Que una máquina encadene palabras con una habilidad sorprendente no significa que entienda el mundo como lo entiende un ser humano. Puede simular conversación; no por eso habita una vida. Puede producir una respuesta impecable; no por eso sabe qué pesa un duelo, qué significa esperar una llamada en un hospital, qué implica pedir perdón o qué conmoción real hay detrás de una voz quebrada.

La reducción de lo humano comienza cuando olvidamos esta diferencia. Y ese es uno de los riesgos más serios de nuestro tiempo: no tanto que las máquinas lleguen a parecer inteligentes, sino que nosotros acabemos aceptando una idea demasiado pobre de lo que es la inteligencia. Si llamamos pensar a calcular probabilidades lingüísticas, si llamamos creatividad a recom

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