«Los privilegiados ojos de Guidolino di Pietro se abrieron por vez primera ante una visión donde él reconocía inmediatamente un modelo tangible de Paraíso». Estas palabras son de un texto maravilloso de Elsa Morante, autora de novelas como La isla de Arturo o La historia. Pero ¿quién era ese tal Guidolino di Pietro? Su nombre no dice gran cosa. Tal vez suene algo más el nombre que Guidolino adoptó al entrar en la orden de los dominicos, Giovanni da Fiesole. Aunque el que le dio verdadera fama fue el apodo que el pueblo le asigno con fervor a causa de su arte: “pictor angelicus”, o sea, Fra Angelico. En sus cuadros, «todo su colorido parece ser obra de un santo o de un ángel», escribe Giorgio Vasari en sus Vidas. Pero no acaba ahí la historia de los nombres, pues queda un último apelativo, el de “Beato”. Durante mucho tiempo sonó como un feliz calificativo pero luego se enriqueció con un significado más hondo cuando el 3 de octubre de 1982 el papa Wojtyla lo beatificó. Dos años después lo señalaría como patrón de todos los artistas.
Otro papa, Pío XII, asistió solemnemente en 1955, con un discurso muy comprometido, a la inauguración de la exposición con motivo de los 500 años de la muerte del artista, instalada en el Vaticano y en el Museo de San





