Un “sí” agradecido

Si tuviera que responder a la pregunta: «¿Qué dirías, sintéticamente, del año que acaba de terminar?», diría que el carisma de CL está vivo, fértil y activo. Estos meses me he encontrado con muchas comunidades del movimiento y he podido tocar con mis manos la vida nueva que sigue brotando del carisma donado a don Giussani. Como nos indicaba el cardenal Pizzaballa, lo que la Iglesia y el mundo necesitan hoy más que nada no son héroes individuales sino comunidades vivas donde puedan aflorar sujetos nuevos que son constructores de paz porque viven inmersos en la comunión que nace del encuentro de Cristo, donde es posible vivir el perdón y la estima mutua aunque uno vuelva a equivocarse o a caer: hay Alguien más grande que nos une.
He podido verlo en acto, por ejemplo, durante una asamblea en la que una chica rusa dijo que participar en ese momento junto a otras jóvenes ucranianas despertaba en ella una inmensa gratitud por la posibilidad de unidad y al mismo tiempo por poder compartir con ellas su profundo dolor por su martirizado país. Normalmente suele prevalecer la rabia o el miedo, o bien el sentimiento de culpa o de impotencia; solo el encuentro con Dios hecho hombre, cuando es acogido, permite mirar y abrazar al otro por amor a su destino. Se realiza así el milagro de una amistad que va más allá de cualquier motivo de división.

Nos hemos visto varias veces con nuestros amigos de Tierra Santa; algunos de ellos participaban en remoto en nuestros encuentros mientras sonaban las sirenas antiaéreas y nos decían que esta compañía es esencial para ellos porque les permite afrontar circunstancias terribles con una esperanza que de otro modo sería imposible. He visto amigos cubanos dispuestos a renunciar a las únicas horas de corriente eléctrica del día para participar en el gesto de la caritativa porque les educa para vivir sin sentirse aplastados por el peso de la injusticia y el resentimiento.
La comunión es fuente de una vida nueva y de un juicio nuevo sobre las cosas. Me he quedado asombrado al ver que nuestros amigos del movimiento en Alemania, ante la proximidad de las elecciones, sentían la urgencia de juntarse en busca de un juicio sobre esa circunstancia que naciera de la fe, de la pertenencia viva a Cristo, llegando a proponer después una contribución pública.
Podemos ser todos unos miserables, pero en nuestra unidad custodiamos algo grande, que es el amor de Cristo a cada uno de nosotros. Él nos ha alcanzado dentro de esta compañía y a través de nuestros rostros quiere encontrarse con otros pobres como nosotros que esperan, aun inconscientemente, su mirada, que esperan poder experimentar lo que Cristo ha traído al mundo, es decir, el amor del Padre, respuesta a nuestro deseo de cumplimiento.

¿Qué se nos pide a nosotros, que no tenemos nada más que lo que se nos ha dado?
Un “sí” lleno de gratitud: reconocer y acoger la iniciativa que ha tomado Cristo en nuestra vida para anunciar al mundo su presencia. En esto reside la importancia de lo que ha sucedido en septiembre con la aprobación de los nuevos estatutos por parte del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida: es signo de una estima por nuestra experiencia y de una paternidad que nos permite afrontar el año nuevo con confianza, deseosos de continuar nuestro camino juntos y de llevar a todos, allí donde estemos, a través de todo lo que somos, hacemos y decimos, la gracia del encuentro.
El movimiento no es solo algo que existe previamente a nuestra vida. El movimiento es nuestra vida y todos somos responsables de su construcción. Sostengámonos en el camino que nos espera, que encomendamos a la intercesión de María, nuestra madre.
¡Feliz año a todos! Con afecto,

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