Cartas enero 2026

La gratuidad que educa la mirada

En la caritativa aprendemos algo esencial: la ley profunda de la vida es la gratuidad.

Dar, darse, interesarse verdaderamente por el otro no es un añadido moral ni un gesto heroico; está inscrito en nuestra naturaleza. Cada vez que vamos a la caritativa descubrimos algo de nuestro propio ser. Y lo que ahí aprendemos se extiende a toda la vida, a nuestras relaciones familiares, al trabajo, a la manera de mirar a los hijos, al esposo, a los colaboradores, a la realidad entera.

Desde esta misma conciencia, como empresa familiar, vivimos la responsabilidad social no como una estrategia, sino como una consecuencia natural de una experiencia. Desde hace cuatro años, en esta época de Navidad, realizamos una campaña llamada “El Duende de Juguete”, que consiste en regalar un juguete por cada botella de vino que se produce con este fin. Es, en otras palabras, un vino con causa. En colaboración con la Secretaría de Igualdad e Inclusión, participamos en la entrega de juguetes en distintos centros comunitarios. Este año, por cuarta ocasión, la ayuda se concentró en el Centro Comunitario de La Estanzuela.

Me impactó profundamente el número de personas que aguardaban afuera: largas filas de madres con sus hijos esperando la apertura del centro. Ya dentro, la explanada estaba llena; los niños eran amenizados por un show navideño mientras se esperaba la llegada de la secretaria de Igualdad e Inclusión, Marta Herrera. La repartición de juguetes comenzaría después de unas palabras de Lore, mi hija, directora de Recursos Humanos de la empresa.

Me conmovió la atención con la que agradeció la colaboración conjunta, subrayando cómo, uniendo esfuerzos por cuarta vez, era posible llegar a tantos niños en esta Navidad. Marta Herrera, por su parte, expresó algo que me pareció profundamente bello: afirmó que todos los niños presentes recibirían un regalo porque estaba segura de que tenían la capacidad de portarse bien, de ser mejores personas. Apostar así por la positividad inscrita en cada persona me pareció un gesto educativo y esperanzador.

Sin embargo, algo comenzó a resonar con fuerza en mí. No pude evitar comparar este centro comunitario con la experiencia que vivo cada primer viernes de mes en la caritativa, en la misma zona de La Estanzuela, pero en la parroquia. La diferencia no estaba en la necesidad —que es real en ambos espacios—, sino en el modo de estar presentes.

En la parroquia, las personas participan dentro de una comunidad que las ha acogido, mirado y educado en la fe. Allí se vive una relación con Alguien —con mayúscula— realmente presente. Y esa Presencia cambia todo: se percibe un gozo distinto, una alegría concreta, una fraternidad visible en gestos sencillos, en sonrisas, abrazos, agradecimientos sinceros.

En el centro comunitario, en cambio, las personas acudían sabiendo que recibirían un regalo, pero muchas lo vivían como un trámite. Aun cuando el show conseguía algunas risas, al momento de recibir el juguete no se percibía gratitud ni encuentro: pasaban, tomaban el regalo y seguían, como quien recoge una tarjeta más. Esto me sorprendió profundamente. En la caritativa, incluso cuando repartimos una simple oración o un pequeño detalle, las personas nos miran a los ojos, dan las gracias, se establece una relación.

Ahí comprendí con más claridad qué es lo que vivimos —o mejor dicho, a Quién vivimos— en la Iglesia. Y entendí la misión a la que estamos llamados: llevar aquello que genera alegría, esperanza y amor verdaderos. ¿Quién no desea vivir así?

Hubo también encuentros que rompieron esta impresión general: personas que se acercaron a decirnos que ese sería el único regalo que su hijo recibiría porque no había trabajo en casa, porque cuidaban a los más pequeños y no podían salir. Esas palabras, dichas con verdad, nos devolvían al rostro concreto de la necesidad y del agradecimiento. Pero fueron excepciones.

Para nosotros, como empresa, este gesto sigue siendo valioso. Nos ha permitido establecer relaciones, abrir caminos de colaboración y mantener un interés real por el bien común. Pero, para mí personalmente, esta experiencia fue sobre todo una ocasión de agradecer el carisma que me ha sido dado: una mirada que me permite reconocer a Cristo presente en todos y en todo, y no dudar en seguir caminando, en seguir en movimiento, para llevar a otros el bien que nos ha alcanzado y que todos —ellos y nosotros— esperamos.

María Rosa Cantú, Monterrey

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