El nombre de Hannah Arendt suele ir vinculado al análisis del totalitarismo o a la idea de la “banalidad del mal”. Pero hay otra expresión que resume bien su itinerario biográfico e intelectual: “por amor al mundo”. Pero ¿qué entiende Arendt por amar al mundo? Se trata en primer lugar de la forma de relacionarnos con las circunstancias de la vida. En la introducción de La condición humana (1958), por ejemplo, Arendt reflexiona sobre cómo la opinión pública de la época recibió la noticia del lanzamiento al espacio del primer satélite artificial soviético, el Sputnik 1, con una reacción de alivio donde «el hombre se dio cuenta de su recién ganada liberación de los grilletes que le ataban a la Tierra».
Para Arendt, resulta curioso que los hombres consideren la Tierra (el único lugar del universo donde pueden vivir, moverse y respirar naturalmente) como una prisión. Y vincula el deseo de evadirse de ella con los intentos, que ya entonces había, de crear vida en un laboratorio y de alargar indefinidamente su duración. El hombre moderno «parece estar poseído por una rebelión contra la existencia humana tal como se nos ha dado que desea cambiar por algo hecho por él mismo». Aun siendo agnóstica, Arendt no renuncia al hecho de que el hombre sea una criatura, a que la existencia sea «gratuito don que no procede de ninguna parte». Solo así es posible la libertad. «Si me hubiera hecho solo, habría podido preverme y habría perdido la libertad» (¿Qué es la filosofía de la existencia?, 1946).
La idea de una vida verdaderamente humana consiste para Arendt en la aceptación de la propia finitud, el reconocimiento de encontrarse dentro de una realidad que nos precede. Delante del ser, el pensamiento siempre





