Años 70. En sus clases de Introducción a la teología en la Universidad Católica, el profesor don Luigi Giussani ensanchaba nuestra mirada. Cuántos descubrimientos. También introducía el tema del cristianismo oriental, de su profundidad y tensión hacia la belleza y recuerdo que mencionaba la sobornost, la comunión de vida en Cristo de la que hablaban los teólogos rusos, e insistía en la olvidada persecución de los cristianos, invitándonos a leer Rusia cristiana, la revista que traducía los textos del samizdat, una edición clandestina que atravesaba como una arteria todo el cuerpo social.
Son incontables las veces que lo citaría aquellos años. Más que una publicación, Rusia Cristiana era una obra ecuménica. A veces venía acompañado del hombre que la fundó en 1957 y que le daba alma y cuerpo, el padre Romano Scalfi (1923-2016): «mi superior», lo llamaba Giussani, puesto que vivía en la planta de arriba del modesto edificio donde residía en Milán. Citando a Scalfi, explicaba la diferencia entre Rusia y la Unión Soviética y nos invitaba a descubrir a Pavel Florenski (sacerdote mártir fusilado en el gulag en 1937) de quien se acababa de publicar la traducción al italiano de su libro La columna y el fundamento de la verdad. Nos aseguraba, siguiendo la opinión de Scalfi, que se trataba de una obra fundamental –a nivel filosófico, teológico y existencial– también para nosotros.
Era 1974. El mundo no sabía nada de él y los que estábamos en aquella aula magna tampoco. Nada de nada. Vivíamos en Italia, donde ni siquiera el Archipiélago Gulag de Solzhenitsyn lograría arañar –a diferencia del resto del mundo– la devoción del pensamiento dominante por el marxismo-leninismo. Qué mundo tan imponente,
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