Contra la teología de la guerra

“Paz” es la primera palabra que pronunció León XIV desde la Logia de las Bendiciones nada más ser elegido. Fue la primera palabra que Cristo resucitado dirigió a los apóstoles y para Robert Prevost, al que le ha tocado ser Papa en un momento histórico marcado por conflictos terribles, se convirtió instantáneamente en la síntesis de su pontificado. Evidentemente, en la línea de sus predecesores inmediatos. En su primer año, el Papa no solo ha insistido en la cuestión de la paz sino que también ha remarcado mucho su condena a la utilización del nombre de Dios para justificar los conflictos.
Es un tema eterno y extremadamente actual, puesto que el uso instrumental de motivaciones religiosas se pone cada vez más de manifiesto en las principales guerras que sacuden nuestro presente, desde la cruzada al estilo ortodoxo de Vladimir Putin en Ucrania al régimen teocrático y represivo de Teherán, pasando por el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, que ve en los ayatolás una expresión contemporánea de Amalek, el mayor enemigo de la historia del pueblo de Israel, llegando hasta los pastores evangélicos norteamericanos que bendicen el lanzamiento de misiles a Irán y comparan al presidente Donald Trump con un mesías. «El diablo puede citar las Escrituras para sus propios fines», escribe Shakespeare en El mercader de Venecia, y León advierte que justificar la guerra apelando a la palabra divina es un mal mayor y aún más profundo que el propio conflicto en sí, pues a la crueldad de la violencia se añade la obscenidad de la blasfemia. En la lista de atrocidades que los

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