Peregrinos en camino hacia 2031 – 2033 

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Como Juan Diego, caminamos en búsqueda de las “cosas de Dios”,1 de aquello que responda a los anhelos de nuestro corazón. Una búsqueda que enciende el corazón de cada uno y da tensión y calor a cada palabra y cada paso, pero que no se puede transitar en solitario sino en compañía de otros y bajo una guía.

La Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), que reúne a todos los obispos mexicanos, en 2018, publicó un programa pastoral, como auxilio para caminar como pueblo de Dios en estos tiempos: el llamado Proyecto Global de Pastoral 2031-2033 (PGP). Como título o motivo central de este proyecto se lee: Hacia el Encuentro con Jesucristo bajo la mirada amorosa de Santa María de Guadalupe.2

En este documento, los obispos mexicanos nos convocan a emprender un camino de preparación del Acontecimiento guadalupano en su V centenario como camino al encuentro con Cristo. “El acontecimiento guadalupano nos lleva, hoy, a la memoria de la Redención, a Jesucristo vivo y resucitado, cercano, compañero de camino que amplía horizontes y nos da confianza…”. 3

María lleva a Cristo. María porta a Cristo. Ella está aquí para mostrar su amor personal, o sea Cristo. En efecto, en 2031 se cumplen cinco siglos del encuentro de María de Guadalupe con el indio Juan Diego, en el Tepeyac; y en 2033, dos mil años del gran Acontecimiento de nuestra redención. Un acontecimiento dentro del gran Acontecimiento.

“Quiso venir…”

Por eso, al contemplar la imagen plasmada en el Ayate y escuchar las palabras que Ella ha expresado a Juan Diego, hacemos memoria de nuevo de que nuestro pueblo y nuestra vida han sido y son formados en el abrazo maternal de María. Así quiso venir Cristo a nuestro encuentro.

Hemos leído, no hace mucho tiempo, unas palabras de San Bernardo que nos ayudan a ver con ojos maravillados, el acontecimiento de Cristo: “Quiso venir, escribió el santo, Aquel que pudo contentarse con ayudarnos”. Cristo quiso venir, no envió algo que nos salvara y aligerara la carga de la vida, sino venir Él mismo. Y a América, quiso venir en la forma de una presencia llena de ternura, a través de su Madre y mostrándose en primer lugar a Juan Diego. 

Guadalupe, un cambio de método. Recuperar la bondad y novedad del anuncio cristiano.

En el PGP los obispos señalan lo siguiente: “en el año de 1531, Santa María de Guadalupe hizo resonar en sus palabras, la bondad y novedad del anuncio cristiano, que tristemente había sido lastimada por la espada de la conquista”.4 En el Misterio de aquel encuentro, entre Guadalupe y Juan Diego, se renueva la bondad y la novedad del anuncio cristiano, oscurecido por la fuerza y amenaza de la espada.

Un acontecimiento, un encuentro, que se da en el tiempo, por eso recordamos unos hechos y una fecha: los días entre el 9 y el 12 de diciembre de 1531. Un momento en el tiempo que, sin embargo, le da sentido al tiempo. Porque estos hechos introdujeron una novedad históricamente reconocible: el nacimiento de un pueblo nuevo, en medio del dramático y doloroso choque de dos culturas.

El P. Prisciliano Hernández nos previene para no eludir esta dimensión histórica, porque: “Si queremos apreciar en su justa medida el hondo significado del Acontecimiento Guadalupano, será necesario involucrarse en el contexto histórico y en la situación vital de esas dos culturas, de esos dos pueblos profundamente diferentes entre sí: el pueblo mexica y el pueblo español…”.5

Los conquistadores y los misioneros y, en general, los europeos ante el descubrimiento del Nuevo mundo y de sus pobladores, estaban ante un desafío nada fácil de afrontar: este descubrimiento los obligó a cambiar su medida de lo humano, para poder incluir en ella al indígena… o bien excluirlo.6 En el contacto real con el Nuevo Mundo se ponen a prueba sus límites para reconocer al otro en su igual dignidad de creatura de Dios y, al mismo tiempo, aceptarlo como diferente, como otro. En unos casos, hubo intentos de reconocer y justificar la dignidad del indígena y, en otros casos, lo contario.

Aquí no se trata de señalar a buenos o malos, ni de repetir “leyendas negras” o “leyendas rosas”. No se trata de juzgar, sino de comprender una situación histórica que estaba a punto convertirse en una tragedia.

Del “choque de culturas” a la formación de un pueblo nuevo

El proceso de evangelización y colonización que corrían parejo en los primeros años  después de la caída de Tenochtitlan (1521), estaba afectado, como es natural, por la visión que tenían los europeos-españoles respecto del mundo indígena; visión que oscilaba entre dos posturas en apariencia opuestas, pero en sus consecuencias igualmente negativas y demoledoras: el indígena (con su cultura), se consideraba inferior a  los europeos; incluso, se los tenía simplemente por no humanos, y en esa condición, se les podrá hacer esclavos; en la otra postura, se tenía a los indios como iguales, “con alma racional”, con la misma dignidad y por ello mismo, capaces de dejar su cultura “bárbara” y adaptarse a la cultura europea. Es decir, españolizarse

En algún momento, los misioneros franciscanos, que llegaron a conocer mejor y a amar a los indígenas, intentaron salvar la cultura indígena, valorar sus costumbres, que –dicho sea de paso– en algunas de sus expresiones eran mejores que las españolas; como el respeto a sus tradiciones, su sabiduría social y educativa, su limpieza y el esmero en la educación moral de los hijos; en cambio no ocurre lo mismo en lo que respecta a la religiosidad indígena que les resultaba inaceptable por la multiplicidad de dioses y porque les parecían sometidas al poder del maligno, (sacrificios humanos, guerras para alimentar la voracidad de los dioses, etc.). 

Pero… para un pueblo tan profundamente religioso como el mexica, arrancarlo de sus raíces religiosas era anularlo, despojarlo del sentido de su existencia. 

No es este el lugar para revisar en su complejidad esa situación histórica ni para   mostrar a detalle la casi nula posibilidad de un verdadero encuentro, generador de unidad entre dos pueblos, ambos tan profundamente religiosos y tan tremendamente diferentes. 

Para los indígenas, la Conquista significa su desaparición. Su mundo, con sus dioses, sus veneradas tradiciones ancestrales, su entrega fiel a los dioses que les han dado el ser, el alimento, el agua, las cosechas. Así el p. Alarcón al presentarnos el contexto histórico previo al encuentro del Tepeyac, señala que ante la Conquista el indígena vive en el sin sentido: percibe que el mundo parece permanecer y sigue vigente su curso inalterable, pero “la cosmovisión y la teogonía indígena, se desestructuran”. ¡Queda el absurdo!, ¡Queda la muerte de los dioses!, queda el fin! (…) Los trágicos acontecimientos llevan a pensar que es el fin del mundo”7 ¿Cómo seguir existiendo en el vacío de sentido? “Para el vencedor había un horizonte de dominación. Para los vencidos había desolación y llanto”.8

El acontecimiento cristiano, una novedad de vida.

El acontecimiento del Tepeyac introduce una novedad de vida, reflejada en un cambio histórico. Una novedad de vida que es el nacimiento de un pueblo. Y un cambio histórico, registrado en el proceso del mestizaje. Poco a poco y no sin dificultades, españoles e indígenas se reconocen hijos de una misma madre, ante Quien ambos de hincan.

Más que producto de un pacto entre los pueblos enfrentados, somos un nuevo pueblo, mestizo, que se irá conformando y manifestando en el tiempo, en nuevas formas culturales, estéticas, sociales, gastronómicas. Mezcla de formas españolas e indígenas, armonizadas en el barroco.

Así, de este modo, Ella nos hizo ser un pueblo nuevo, con una misión entre los pueblos: “mucho deseo que aquí me levanten mi casita sagrada”.9 En el Tepeyac está nuestro origen y nuestro destino, desde los cuales estamos llamados a ser “constructores de historia”.

Los Obispos de México nos recuerdan que nuestro origen está en el Tepeyac: “Sabemos que somos un pueblo bendecido por la primera evangelización y por la presencia de Santa María de Guadalupe. El origen de nuestra nación, de nuestro proceso de reconciliación social fundacional y del mestizaje que da lugar, no sólo a nuestra raza sino a nuestra identidad cultural profunda, es el Acontecimiento Guadalupano”.10

A la luz de este recordatorio de nuestro origen e identidad formados en el encuentro de dos pueblos, rescatados por la protección de María en el Tepeyac, es posible y conveniente, retomar algunas preguntas del PGP que los Obispos se hacen y nos hacen: ¿cuál es la calidad de las relaciones con las que hoy se convive y se construye toda sociedad? ¿Cómo es que la Iglesia que peregrina en México vive y actualiza la Redención de Cristo?, ¿Cómo ella edifica una comunidad en la que los creyentes viven más plenamente (divinamente) su humanidad?

La persistencia de una mentalidad pro-española y anti-indigenista, o indigenista y anti-española es regresiva y antihistórica: nos coloca en la situación anterior al acontecimiento guadalupano; o bien, dentro de ese dualismo pernicioso que separa la fe y la vida.

  1.  Valeriano, Antonio. Nican Mopohua. Traducción del P. Mario Rojas Sánchez. N. 24. El primer diálogo de la Virgen con Juan Diego: 23. La dijo: ESCUCHA HIJO MIO EL MENOR JUANITO, ¿A DONDE TE DIRIGES?. 24. Y él le contestó: MI Señora Reina, muchachita mía, allá llegaré a tu casita en México Tlatilolco, a seguir las cosas de Dios que nos dan, uq nos enseñan quienes son las imágenes de Nuestro Señor…
    https://drive.google.com/file/d/1SHwJeb89lPdUCxow0xhYNhN_W9_LUR3n/view ↩︎
  2.  CEM. (2018). Hacia el Encuentro de Cristo Redentor bajo la mirada amorosa de Santa María de Guadalupe. Proyecto Global de Pastoral 2031-2033. ↩︎
  3.  PGP. Carta circular de aprobación del Proyecto Global de Pastoral 2031-2033.  ↩︎
  4.  PGP. Carta circular de aprobación del Proyecto Global de Pastoral 2031-2033.  ↩︎
  5.  Hernández, Prisciliano. (2023) Hacia un manual de temas guadalupanos. 2ª. reimp. Edición del autor. Querétaro. ↩︎
  6.  Butiglione, R. (2023). Caminos para una Teología del Pueblo. PUCV. Chile. ↩︎
  7.  Alarcón Méndez, P. Pedro. (2013) El amor de Jesús vivo en la Virgen de Guadalupe. Edición del autor. EUA. P. 240.  ↩︎
  8. Ibid. p. 241. ↩︎
  9. Nican Mopohua, n. 26 ↩︎
  10. PGP. n. 64. ↩︎

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