El regreso de Quetzalcóatl, fin e inicio de una nueva religiosidad 

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El mito del regreso de Quetzalcóatl[1] trasciende la esfera de una narrativa cultural. Este relato refleja la búsqueda espiritual y la aspiración hacia la trascendencia latente en el corazón de los pueblos nahuas a través de su poesía, cuyo eco puede resonar también el día de hoy en aquellos que se dejan provocar por sus palabras. Simbólicamente, este mito representa la expresión de un anhelo de retorno a la pureza y la belleza originales, invitando constantemente a reflexionar sobre la búsqueda de lo sagrado y el significado de la vida.

En esta ocasión quisiera resaltar la importancia que, en mi opinión, tuvo este mito en la transformación y recuperación de una religiosidad auténtica que fue esencial para la aceptación y asimilación de la religión cristiana, aparentemente distinta, pero en el fondo correspondiente.

Premisa

Se suele considerar que los evangelizadores que llegaron a estas tierras no comprendieron en profundidad la religiosidad nahua. Los primeros contactos entre ellos y los indígenas revelaron un choque cultural profundo. Los misioneros se enfrentaron a una religiosidad compleja, marcada por prácticas rituales desafiantes, que iban desde la admiración por la devoción y virtudes indígenas (ayuno, castidad, pobreza, pulcritud, etc.) hasta el horror ante prácticas grotescas como los sacrificios humanos, la ingesta ritual de los sacrificados y otras ceremonias sangrientas que les provocan repulsión.

Este dilema dejó a los misioneros en un estado de desconcierto, ya que debían transmitir una fe que parecía estar en conflicto con las creencias arraigadas de los indígenas. La misión por lo tanto era una empresa desafiante, pues requería una sensibilidad cultural que muchos misioneros no poseían

Por otra parte, es un hecho reconocido que el acontecimiento guadalupano logró de manera magistral la comprensión y asimilación de la religiosidad de estos pueblos y su incorporación exitosa y definitiva al naciente cristianismo. Sin embargo, este acontecimiento que logró lo que parecía imposible, ha sido objeto de debate y controversia. Algunos críticos argumentan que la adopción de la fe cristiana, al erradicar las prácticas y creencias religiosas indígenas precolombinas (contrarias a los principios cristianos, sobre todo aquellas más estridentes), dio como resultado una pérdida irreparable de la riqueza espiritual y cultural de los pueblos originarios. Argumentan sintéticamente que el cristianismo, al imponer su propia visión del mundo y del hombre expresada en una nueva representación iconográfica y devocional, contribuyó a la desaparición irremediable de la religiosidad indígena.

Otro punto de vista

Sin embargo, existe otro factor que creo que fue esencial para la asimilación de la nueva religión cristiana. Me refiero a la extraña convivencia de dos elementos presentes en la religiosidad nahua[2], un tema recurrente en artículos previos.

Por un lado, estaba el elemento mítico-ritual, que fomentaba la proliferación de prácticas rituales y devocionales hacia las divinidades del panteón azteca que se inscribían en festividades y rituales guerrero-religiosos que se habían expandido rápidamente, eclipsando el otro aspecto de la religiosidad nahua, menos vistoso, pero igualmente significativo y extraordinariamente interesante: el poético-existencial.

Este segundo elemento se expresaba de manera muy peculiar: no requería ritos ni prácticas externas de ningún tipo, sino únicamente el reconocimiento inteligente y profundo de una relación dependiente y constitutiva con la divinidad, representada metafóricamente por medio de las flores y los cantos “in xochitl in cuicatl”[3] que los poetas “tlamatinime”[4] tenían la función de preservar.

El legado poético y espiritual de los tlamatinime siempre gozó de gran estima sin embargo la realidad política y económica del imperio azteca, para alimentar su creciente sed de poder impulsó de forma unilateral la expresión religiosa mítico- ritual, transformándola en ritual-militarista.[5]

No obstante, esto, lo sorprendente es cómo los poetas, a pesar de una política que buscaba asimilar la religiosidad nahua para fines militares, lograron mantener viva una religiosidad límpida, consciente de la naturaleza de la divinidad, contrastando con las evidentes limitaciones de la ritualidad bélica.

Muerte y resurrección

La religiosidad azteca, presa de su propia inercia, llegó a experimentar un punto de ruptura. En los años previos a la conquista, su imperio ya había caído involuntariamente desde el punto de vista religioso, en una prisión en la que que sus dioses los tenían cautivos sin posibilidad de salida. Este es el contexto en el que se inscribe el mito del regreso de Quetzalcóatl.

En mi opinión el cumplimiento de este mito adquiere una nueva relevancia a la luz de los hechos, ya que más que un presagio de destrucción o temor, su retorno representa para los pueblos nahuas, el anhelo profundo de ver reestablecida su religiosidad original, aquella misma que el mítico héroe cultural había profesado.

La intuición e inteligencia de los poetas cada vez con mayor fuerza había llegado a vislumbrar como posibilidad (casi proféticamente) la existencia en este mundo de “la tierra florida”, el lugar donde habitan las bellas y hermosas flores que Jamás se marchitan, el lugar del cumplimiento de las exigencias del corazón, el Destino.

En mi opinión, el mito del regreso de Quetzalcóatl revela una profunda búsqueda espiritual arraigada en la naturaleza humana, una nostalgia de la divinidad, expresada poéticamente en un anhelo de retorno a la pureza y la belleza originales, a aquella expresión de lo sagrado que trasciende las limitaciones de la forma y la ritualidad.

No creo que los españoles hayan interpretado el mito, así como lo planteo, pero es posible que algunos indígenas tampoco lo hayan comprendido, o no inmediatamente ante la gran perturbación que supuso en su forma inesperada y aparentemente contradictoria el regreso de Quetzalcóatl. Su regreso en medio del caos y la confusión de la conquista distaba mucho de cómo la habían imaginado en sus mitos. Quetzalcóatl no volvía para restituir su reino de poder, regresaba para morir junto a los otros dioses, pero con ello les devolvía nuevamente intacta y libre de ornamentos su extraordinaria, dramática y hermosa religiosidad original.


[1] Georges Baudot, Pervivencia del mundo azteca en el México virreinal, UNAM, México 2004, pp. 36-37

[2] Miguel León Portilla. La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes. UNAM, México 1993. p.273

[3] Miguel León Portilla. La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes. UNAM, México 1993. p. 178

[4] Miguel León Portilla. La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes. UNAM, México 1993. p. 274.

[5] Miguel León Portilla. La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes. UNAM, México 1993. p. 142.

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