Ese día el padre Aldo fue a buscarme al aeropuerto de Asunción. Me dijo: «primero vamos a saludar al dueño de la casa», y me llevó ante el sagrario. Allí, arrodillados, tomó cuerpo la semana de amistad que teníamos por delante, una semana cargada de sorpresas y golpes de gracia. Me enseñó las instalaciones de su obra, luego me llevó por una calle y, mientras me contaba su vida, me señaló una esquina donde un día, en uno de sus paseos para vencer su depresión, encontró a un hombre moribundo. «Mirándolo –me decía Aldo (cito de memoria)– comprendí que él también era el cuerpo de Cristo, igual que la hostia que sostenía poco antes en mis manos celebrando la misa, y lleno de compasión lo cargué sobre mis hombros y me lo llevé a casa… así empezó todo lo que has visto».
La mañana siguiente, después de la misa, me invitó a acompañarlo en su visita a los enfermos con la custodia del Santísimo, bendiciéndolos uno a uno, acariciando a todos con una ternura que transmitía el amor que tenía en el corazón por su humanidad herida. No eran enfermos normales, algunos estaban deformes, causaban una impresión dolorosa. En la última cama yacía Víctor, un niño con la cara desfigurada por la hidrocefalia. Aldo lo acarició y lo besó diciéndome: «Este es mi hijo. No tiene a nadie, así que lo he adoptado, está registrado como hijo mío». La mañana siguiente tenía que ausentarse y me invitó a hacer la ronda de visitas a los enfermos bendiciéndolos con el Santísimo. «Venga, que puedes», me dijo al verme titubear. Me sorprendió encontrar en él la inmediatez del amigo de toda la vida.
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