La casa común
Cuando el papa Francisco se dirigía a las comunidades indígenas en la misa celebrada en San Cristóbal de las Casas, centro de una hermosa región que reúne a tseltales, tsoltsiles y choles, dijo: “El mundo… los necesita a ustedes”. El tono de la afirmación se encontraba principalmente en la línea del amor y el cuidado por la tierra. Esa visita se realizó en febrero de 2015, en efecto: apenas tres meses más tarde, Francisco nos daría su segunda encíclica, Laudato si, sobre el cuidado de la casa común.
La tierra es cálida, fecunda, hermosa. No hay nada que tengamos que remediar de ella; no hay nada que nos sea dañino en ella. Todo es don para el hombre. Esto lo saben los pueblos indígenas. Nosotros, hombres y mujeres de ciudades, creemos que es menester evitar las incomodidades de las lluvias, eliminar la sensación de omnipotencia del trueno, acallar el canto de los grillos y matar a las serpientes. Hacemos canales, pavimentamos la tierra dejando apenas uno que otro árbol de ornato y potenciamos las señales satelitales o las encerramos en





