1) Mi conocimiento de san Francisco se limita a la lectura de algunas Florecillas, de su biografía de lo Jorgensen y de dos libros, uno de Kayetan Essex sobre los orígenes del movimiento franciscano y otro sobre su misión en Tierra Santa y sobre su encuentro con el Sultán Al Kamil. También leí lo que Dante escribe sobre él en la Divina Comedia, en el undécimo canto del Paraíso.
He hablado de él en mis clases de historia en clase sobre la Edad Media para ilustrar la visión “simbólica” vigente en esta época, ya que me parece que su Cántico es el documento que mejor ilustra y testimonia esta visión. Sinceramente, este es el punto que más me llama la atención, me interesa y que me gustaría comentar hoy: la concepción de la realidad como signo.
2) En el Cántico es evidente la fuente en la que se inspira: en particular, retoma, modificándolo, el famoso Cántico de los Tres jóvenes del profeta Daniel. Creo que esto demuestra cómo Francisco es un hombre profundamente inmerso en la vida de la Iglesia y familiarizado con la tradición litúrgica de su época, hasta el punto de hacer penetrar en su alma los textos de la Liturgia de las Horas, transformados a su lenguaje normal. Retoma las palabras de los Salmos y las recrea. Así como hizo María con su Magníficat. Obediencia e innovación: esta es la verdadera creatividad, incluso literariamente hablando.
3) La visión de la realidad en el Cántico.
Todo el Cántico manifiesta de una manera maravillosa la concepción de Francisco de la realidad, como ya se puede ver en la segunda estrofa, cuando habla del sol, el “señor hermano sol… (que) de Ti, Altisimo lleva significación”: toda realidad es vista y contemplada como signo del Otro, de Dios Creador y Señor del universo. Las cosas son signo de que llevan en sí mismas el Sentido, es decir, la huella de Aquel que las hizo y las está
- Un poner Cristo al centro que no es puramente intelectual, sino que se vive como memoria, como conciencia de su Presencia viva y actual. La experiencia con el crucifijo de San Damián no fue solo un episodio, sino el corazón de toda su vida, hasta la recepción de las estigmitas en La Verna que lo identifico’ con su Señor.
- Un realismo: el apego de Francisco a la realidad es lo opuesto al “espiritualismo” de los cátaros, de aquellos que en su tiempo estaban muy extendidos y predicaban una huida del mundo visto en oposición a Dios. Este dualismo herético concebía al Creador como separado de las criaturas y la salvación como un desprecio radical por el mundo. Francisco vive y propone la “pobreza”, es decir, una forma de verdadera posesión de las cosas: a sus ojos no son ni ídolos ni obstáculos porque son vistas y vividas dentro de la relación con Dios, disfrutadas como un don, tal como las contempla quien las reconoce como dadas, recibidas de la mano de Aquel que las crea y las da.
- La precisión con la que Francisco describe las características concretas de las cosas, hasta en los detalles, es impresionante: el sol es “hermoso y radiante”, la luna y las estrellas son “claras, preciosas y hermosas”, el fuego es “hermoso, alegre, vigoroso y fuerte“, la hermana y madre tierra produce flores coloridas. Todo esto me asombra y me atrae porque en él el amor a Cristo no sólo no excluye las cosas, sino que las exalta por lo que realmente son hasta el más mínimo detalle. A veces las cosas, según una cierta espiritualidad, se reducen a un pretexto, a simples escalones para ascender al Cielo que no valen en sí mismos, reducidos a puros “instrumentos”; Que sean “signos”, en cambio, significa que la mirada de la fe no las salta, no las hace evanescentes, no las “espiritualiza”, sino que las mantiene y contempla en su concreción material, porque es precisamente esta concreción la que las convierte en signos.
- La mirada de Francesco es poética, pero no sólo poética: llega a la ontología de las cosas. Aunque no estudió y no consideró útil estudiar teología, su comprensión de la realidad manifiesta una profunda visión teológica de la estructura de la realidad. Su futuro discípulo san Buenaventura desarrollaría en términos explícitos y sistemáticos esta visión “sacramental” de la realidad que, en Francisco, permanecía implícita. Lo finito es un signo del Infinito, un puente que nos abre y nos conecta con lo Eterno; el mundo está lleno de signos, en orden jerárquico, que contienen y expresan el Significado; son como una “palabra”, un mensaje del Creador a la criatura, una manifestación del amor de Cristo por aquellos que lo reconocen, lo aman y lo siguen.
- Esta mirada, este saber es sólo contemplativo, es adoración, acto vital de verdadera religiosidad y traduce en la práctica vivida una de las verdades fundamentales de la teología cristiana medieval: el Ser es a la vez Verdad, Bien y Belleza. Platón ya lo había intuido, pero en Francisco esta mirada no vuela al cielo de la filosofía, sino que camina con los pies en la tierra, dentro de una normalidad que hace extraordinario lo ordinario. Es bueno recordar que la admiración de Dante por san Francisco incluye una profunda armonía de mirada: también para Alighieri, la realidad es un signo, tanto más la mujer, Beatriz, que represento’ para su vida el ancla de la salvación, un signo, “un milagro del Cielo”, que llovió sobre su existencia para conducirlo de vuelta y guiarlo hacia su Destino. Este era el amor de Francisco por Clara: una relación virginal, una compañía dada para profundizar el amor a Cristo en un amor recíproco auténtico y nuevo.
- En este verdadero conocimiento de la realidad nada es censurado, ni el mal ni la muerte. El único mal verdadero, para el santo de Asís, es el pecado, es decir, la autoexclusión de la Gracia que tiene como consecuencia esa “muerte segunda” que Francisco señala como el mal supremo. La conciencia del mal impulsa a Francisco a exaltar ese gesto que manifiesta en el hombre la victoria de la Resurrección de Cristo; el perdón. Por eso exalta a aquellos que, por amor a Cristo, son capaces de perdonar. Enfatizo; “por amor a Cristo” y no es un detalle, ya que deja claro que a los ojos de Francisco sólo el amor a Cristo, o de Cristo, hace al hombre capaz de perdón y no su titánico esfuerzo natural. La muerte es “muerte corporal hermana”: el punto del que todos huyen con horror es sentido por Francisco con una familiaridad extrema (es hermana) y esto, por decirlo de otra manera con san Pablo y san Agustín, manifiesta esa verdadera conciencia cristiana por la que “omnis creature bona”: todo lo que existe es bueno, incluso el hecho de morir, porque todo ha sido redimido por Cristo y se puede vivir en comunión con Aquel que compartió la condición humana en todo “excepto en el pecado”.





