¿Vale la pena?

Hace algunos días en un diálogo de los amigos de la CdO, fue planteada la misma pregunta por al menos dos personas: ¿vale la pena hacer crecer la empresa, esforzarse porque crezca?

Es una pregunta que uno puede imaginarla planteada por filósofos, teólogos, poetas, hippies, pero no por empresarios, la empresa es para crecer.  ¿Cómo es posible que en un grupo de empresarios una pregunta así tuviera cabida? ¿Qué hay en el fondo?

Me lleva a pensar en aquel cuento del Evangelio (Lc. 12) en el que un hombre se decide a construir grandes bodegas para almacenar granos y tener asegurada la subsistencia el resto de su vida; “insensato, no sabes que mañana morirás”, le responde Dios. En el versículo previo, Jesús dice: “guardados de toda codicia, porque, aunque alguien posea abundantes riquezas, estas no le garantizan la vida”; y más adelante: “¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida?”

La pregunta que se planteaban estos amigos tenía implícito, en efecto, el hecho de que la vida no consiste en el proyecto (exactamente al revés de como afirmaba el filósofo francés Sartre); más bien es el proyecto, el que debe servir a la vida. Por tanto, si llegara un punto en que éste pareciera dominar, debemos volver a ese realismo del Evangelio, lleno de la ternura de la Providencia.

“En vano trabajan los albañiles”

“Si el señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles”, reza hermosamente el salmo 127. El pueblo de Israel nos ha dejado como legado esta conciencia. “¿Qué saca el hombre de todos sus afanes?”, pregunta

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