El ideal franciscano y la misión como motor en la gestación de un pueblo nuevo

La idea de misión ha atravesado de manera constante la historia de la Iglesia. Desde los primeros siglos, la fe cristiana se comprendió a sí misma como un anuncio que trasciende fronteras, conforme al mandato evangélico de “ir y hacer discípulos a todas las naciones” (Mt 28,19). En ese horizonte universal, se inscribe el ideal de San Francisco de Asís, quien, tras su experiencia en tierras de Oriente (particularmente su encuentro con el sultán al-Malik al-Kāmil en Damieta, Egipto), incorporó explícitamente la dimensión misionera al programa de la Orden por él fundada.

Cuando en 1524 arribaron a la Nueva España los célebres “Doce Apóstoles”, frailes menores enviados a las tierras recién conquistadas por Hernán Cortés, no comenzaba simplemente una etapa más de expansión religiosa. Se proyectaba, en esta parte del mundo, una profunda renovación espiritual gestada en Castilla a finales del siglo XV. Aquellos religiosos eran herederos directos de la reforma observante promovida por Francisco Jiménez de Cisneros, arzobispo de Toledo y figura central del reinado de Isabel I de Castilla.

La reforma impulsada por Cisneros buscaba devolver a la Orden de los Frailes Menores su primitivo rigor franciscano: pobreza efectiva, vida común disciplinada, sólida formación intelectual y ardor pastoral. No se trataba sólo de reorganizar conventos, sino de regenerar la cristiandad entera mediante el ejemplo evangélico. En esa perspectiva, América apareció como un espacio providencial: la posibilidad de fundar una Iglesia renovada, libre (al menos idealmente) de algunos vicios adquiridos en la vieja cristiandad europea.

Los franciscanos gozaron del privilegio de ser los primeros mendicantes en llegar a las nuevas tierras. Su labor apostólica superó, al menos en términos cuantitativos y en extensión geográfica, a la de cualquier otra orden en

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